Esta mañana, en Écône, cuatro sacerdotes han sido consagrados obispos sin mandato pontificio. A los candidatos se les formuló la pregunta prevista por el rito: «Habetis mandatum apostolicum?», es decir: «¿Tenéis el mandato apostólico?». En lugar de responder a esta cuestión esencial, se leyó una breve declaración preparada por el Superior General, con la que se intenta «justificar» lo que sigue siendo un acto cismático.
Y ahí reside precisamente la cuestión. El rito fue alterado deliberadamente por quienes lo exaltan y lo invocan como garantía de fidelidad a la Tradición. Se modificó para no tener que responder con verdad a una pregunta tan sencilla como decisiva: ¿tenéis el mandato apostólico? No. Sabían que no lo tenían. Y, sin embargo, fueron precisamente ellos quienes trastocaron la liturgia: quienes pretenden presentarse como los custodios más fieles de la forma, de la letra y de la inmutabilidad del rito.
No creo que este detalle sea casual. Creo que resume con mayor honestidad lo ocurrido hoy y aquello que observo desde hace tiempo, con creciente desazón, en ciertos ambientes que se dicen tradicionalistas y en los que nací y crecí; no sólo lefebvristas, sino también, por otros caminos, en ambientes que se definen como modernistas, progresistas o simplemente «otros» frente a quienes no piensan como ellos. El problema no es, o no lo es ante todo, doctrinal. Es un problema de coherencia entre la conducta y la acción. Entre lo que se proclama y lo que se hace. Y esto, antes que una cuestión teológica, es una cuestión psicológica: la capacidad - o la incapacidad - de hacer coincidir lo que uno dice con lo que uno es.
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