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CIUDAD DEL VATICANO - El Consistorio extraordinario convocado por León XIV para los días 26 y 27 de junio concluyó el sábado 27 con el canto del Te Deum y una cena con el Santo Padre en el Aula Pablo VI. La segunda y última jornada se desarrolló en dos sesiones - la tercera por la mañana y la cuarta por la tarde - y culminó con una amplia y articulada intervención del Pontífice, que recorrió todo el itinerario de aquellas dos jornadas y ofreció a los cardenales su sentido más profundo. El día había comenzado a las 7.30 con la santa misa en la basílica de San Pedro, presidida por el cardenal decano del Colegio Cardenalicio, Giovanni Battista Re.

La tercera sesión: las «obras» de Magnifica humanitas

A las 9.30, en el Aula Pablo VI, la tercera sesión - «Construir en el bien: las obras de nuestro tiempo» - fue introducida por el cardenal Stephen Brislin, arzobispo metropolitano de Johannesburgo, con una reflexión sobre la introducción y la conclusión de la encíclica Magnifica humanitas. En el centro de su intervención situó una pregunta: si el progreso tecnológico va acompañado de un crecimiento de la responsabilidad o si, por el contrario, expone a la humanidad a nuevas formas de exclusión y reduccionismo.

El cardenal sudafricano retomó la imagen, muy presente en el texto de León XIV, de las dos obras de construcción de Babel y Jerusalén: en la primera, la inteligencia humana es «un acto de autosuficiencia» y la unidad, buscada «sin Dios», conduce a la disgregación; en la segunda, la capacidad humana se pone «al servicio de Dios» y hace florecer la dignidad de cada persona. Sobre esta base, Brislin articuló una «gramática de la construcción» en torno a cuatro elementos: el deseo humano de felicidad, que debe ser custodiado en su verdad frente a la tentación de reducirlo a «rendimiento o control»; el límite, que recuerda que la vida es un don recibido; la «corresponsabilidad valiente», que convierte la subsidiariedad en «una forma ordenada de participación»; y, por último, los criterios de discernimiento ofrecidos por la Doctrina social de la Iglesia. Una gramática que encuentra su plenitud, añadió, en las virtudes teologales: la fe, que educa la mirada; la caridad, que genera comunión alimentándose de la Eucaristía; y la esperanza, que «sostiene la construcción de la civilización del amor».

Tras la ponencia introductoria, once grupos presentaron sus informes en el Aula, concentrándose en las divisiones que atraviesan el mundo contemporáneo. Se observó que la pérdida de identidad puede favorecer «una actitud tribal» y que el individualismo generalizado alimenta «la ilusión de que los demás existen para nuestro éxito». Los cardenales se preguntaron cómo orientar la inteligencia artificial al bien de la humanidad sin reducir a la persona a «números y estadísticas», y reafirmaron el papel de la política en la aplicación de la Doctrina social como antídoto frente a las fracturas. El cardenal moderador, Protase Rugambwa, arzobispo metropolitano de Tabora, agradeció en nombre del Pontífice el respaldo a sus llamamientos por la paz y exhortó a los cardenales a hacerlos «todavía más eficaces» en sus diócesis de origen. León XIV, presente al inicio de la sesión, regresó al Aula antes de los informes de los grupos y presidió la oración del Ángelus a las 12.45.

La cuarta sesión: la fase de aplicación del Sínodo

Por la tarde, a las 16.00, los trabajos se trasladaron al Aula Nueva del Sínodo para la cuarta y última sesión, dedicada a la fase de aplicación del Sínodo. El tema fue introducido por el cardenal Mario Grech, secretario general del Sínodo, a partir del documento Hacia las Asambleas sinodales 2027-2028.

El cardenal maltés recordó que, al comienzo del Sínodo sobre la sinodalidad en 2021, «pocos habrían imaginado la amplitud de la participación» que este suscitaría, e insistió en la diferencia sustancial entre una conversación espiritual meramente «temática» y una verdadera «conversación en el Espíritu». La fase de aplicación, explicó, no pretende ejecutar decisiones ya adoptadas, sino hacer madurar en la vida de las comunidades las intuiciones surgidas a lo largo del camino, mediante un itinerario que conducirá a la Asamblea eclesial prevista para octubre de 2028. Un recorrido marcado por cuatro verbos - «hacer memoria», «interpretar», «orientar», «celebrar» - en el que sigue siendo fundamental el ministerio del obispo junto a los equipos sinodales y los organismos de participación. Consistorio y asambleas sinodales, concluyó Grech, manifiestan «dos dimensiones operativas de la misma comunión», y precisamente por ello la contribución del Colegio Cardenalicio a la fase de aplicación será «particularmente importante».

Estas consideraciones del cardenal Grech parecen no tener en cuenta lo que sucede realmente en las diócesis. Numerosos pastores han señalado, y siguen señalando, que el proceso sinodal no suscita un verdadero interés entre los fieles y que no ha producido novedades significativas, dejando tras de sí más bien incertidumbre y confusión. No por casualidad, tras las palabras del cardenal intervinieron algunos de los cardenales y prelados presentes, que pidieron aclaraciones. Después de la pausa, el diálogo prosiguió con el Santo Padre: intervenciones libres, de un máximo de tres minutos cada una.

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El discurso de clausura: «La cuestión no es quién tiene el poder de decidir»

Fue en su intervención final donde León XIV ofreció la clave de lectura de todo el Consistorio. El Papa comenzó con un pensamiento para la población de Venezuela, «duramente golpeada por el violento terremoto de estos días», asegurando las oraciones del Colegio por las víctimas y por cuantos trabajan en las labores de auxilio.

A continuación, agradeció a los cardenales «la libertad, la fraternidad y el sentido eclesial» con que habían participado en los trabajos, afirmando que se llevaba consigo «no sólo el contenido» de sus reflexiones, «sino también la experiencia que las ha hecho posibles». Si la primera jornada se había abierto bajo la imagen del buen samaritano, el Pontífice eligió despedir a la asamblea con el icono de los discípulos de Emaús: hombres que caminan «marcados por la tristeza y la decepción», a quienes el Señor acompaña en el camino hasta que sus corazones vuelven a arder. El pasaje central se refirió a la sinodalidad. La pregunta decisiva, dijo León XIV, «no es ante todo: “¿Quién tiene el poder de decidir?”», sino: «¿Cómo custodiamos juntos el don que el Señor ha confiado a su Iglesia?». Sólo cuando esta se convierte en el centro del discernimiento, prosiguió, también las cuestiones de la autoridad y de la corresponsabilidad «encuentran su lugar justo». Retomando las palabras del cardenal Grech, el Papa reiteró que la sinodalidad «no es un conjunto de reuniones ni un método de trabajo»: es «un estilo espiritual» que nace del encuentro, crece en la escucha y madura en el discernimiento. «La verdadera pregunta – añadió - no es cuántas conversaciones seremos capaces de organizar, sino qué calidad evangélica tendrán nuestros encuentros».

Al recorrer las sesiones, el Pontífice se detuvo en la mirada con la que los cardenales habían «contemplado el mundo» durante la primera jornada: detrás de las guerras, la pobreza y las injusticias, observó, habían reconocido «un sufrimiento todavía más profundo», hecho de soledad, crisis de las relaciones y pérdida de la esperanza. Tuvo palabras particularmente sentidas para los jóvenes, en cuyo sufrimiento - «a veces hasta la desesperación extrema de quitarse la vida» - reconoció «una de las heridas más profundas de nuestro tiempo», pero también «la acción del Espíritu». Recordó el tema de la familia, anticipando el encuentro de octubre con los responsables de las Iglesias orientales y los presidentes de las Conferencias episcopales para verificar los pasos dados después de Amoris laetitia.

En relación con la segunda sesión, León XIV señaló una de las intuiciones de Magnifica humanitas: «la guerra no es sólo un conflicto entre Estados», sino que nace «de una cultura del poder» que atraviesa el modo de pensar, de vivir las relaciones, de utilizar la economía y la tecnología «e incluso la religión». La respuesta, dijo, consiste en «reconstruir una cultura de la cooperación y del diálogo», capaz de dar nueva fuerza al multilateralismo, con la contribución esencial de los fieles laicos comprometidos en la vida pública y de su «caridad política». Definió como «profundamente evangélica» la respuesta no violenta, que no renuncia al conflicto ni calla ante el mal, sino que «comienza por desarmarse a sí misma»; y recogió la propuesta, planteada por varios grupos, de seguir profundizando «con el necesario rigor teológico y pastoral» en el tema de la legítima defensa «a la luz de las profundas transformaciones producidas en la naturaleza de los conflictos contemporáneos».

El Papa acogió después la petición de hacer de la Doctrina social de la Iglesia un «patrimonio vivo» de las comunidades e insistió en el bien común como «una realidad que debemos redescubrir juntos», recordando que los pobres no son sólo destinatarios del cuidado eclesial, «sino protagonistas de la esperanza». En un tiempo marcado por la polarización, subrayó, «también la manera en que la Iglesia escucha y dialoga forma parte de su anuncio».

De ahí la reflexión, de relevancia institucional, sobre el sentido mismo del Consistorio: «la reunión del Colegio Cardenalicio en torno al Sucesor de Pedro» para que el Espíritu Santo ayude al Papa a guiar a la Iglesia. «No un parlamento, no un congreso en el que prevalecen opiniones o intereses - precisó León XIV -, sino una experiencia de comunión al servicio de la misión». El Pontífice confirmó después su intención de convertir esta cita en anual «también a partir del próximo año», aunque sin fijar todavía la fecha, que espera comunicar «hacia el final de este año». Antes de concluir, el Papa hizo suyo el llamamiento «unánime» surgido del Consistorio e invitó a los cardenales a pronunciarlo juntos: «Dios desea la paz para cada nación y para cada pueblo. Por eso no debemos resignarnos a la violencia. La violencia no tendrá la última palabra». Finalmente, agradeció a los ponentes, a los moderadores y a cuantos hicieron posibles las jornadas de trabajo, encomendando los frutos del Consistorio «a la intercesión de la Virgen María, Madre de la Iglesia».

Los trabajos concluyeron con el canto del Te Deum y la cena con el Santo Padre en el Aula Pablo VI, a las 19.45. La próxima cita está prevista para el lunes 29 de junio, solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, cuando los arzobispos metropolitanos recibirán el palio de manos de León XIV en la basílica vaticana.

p.G.V.
Silere non possum

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