En la tradición católica, cada mes del año lleva consigo una práctica devocional particular: mayo y octubre están dedicados a la Virgen; junio, al Sagrado Corazón; noviembre, a los difuntos. Desde hace siglos, julio está consagrado a la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Se trata de una devoción menos popular que otras, pero con profundas raíces en la Escritura y una historia institucional precisa, jalonada por disposiciones pontificias y por una Carta Apostólica.
Una raíz bíblica, no sentimental
No es una práctica devocional fruto de la emotividad, sino un tema bíblico central. En el Antiguo Testamento, la sangre es sede y signo de la vida y, por ello, sagrada: el libro del Deuteronomio reafirma su carácter inviolable. La sangre del cordero pascual, derramada sobre las jambas de las puertas, salva al pueblo de Israel y se convierte en la figura que el Nuevo Testamento retoma y lleva a plenitud: Cristo, verdadero Cordero, derrama su sangre «para el perdón de los pecados». La tradición cristiana enumera los derramamientos de sangre a lo largo de toda la vida de Jesús - desde la Circuncisión hasta Getsemaní, desde la flagelación hasta la corona de espinas, hasta llegar a los clavos y a la lanzada -, leyéndolos como un único acto de amor redentor. Este es el núcleo teológico, y no un culto a las reliquias, que constituye el corazón de la devoción: la Sangre salvadora se hace presente en cada Eucaristía, en el «cáliz de bendición» que la Iglesia ofrece a los fieles.
Reliquias, cofradías y tradiciones medievales
En torno a este núcleo se desarrollaron, a lo largo de los siglos, devociones locales vinculadas a presuntas reliquias de la Sangre. La más célebre es la de Mantua, custodiada en la Basílica de San Andrés: según una piadosa tradición, el soldado Longino, convertido después de atravesar el costado de Cristo, habría recogido la sangre y la habría llevado a Italia. También se veneraron reliquias análogas, entre otros lugares, en la Sainte-Chapelle de París y en la abadía de Weingarten. Son testimonios de la difusión del culto más que fundamentos históricos verificables: la devoción propiamente dicha, como recuerda la propia tradición, «nació en el Calvario» y desde allí se propagó.
El impulso del siglo XIX: Albertini, Gaspar del Búfalo y De Mattias
La devoción vivió una etapa de fuerte impulso en la primera mitad del siglo XIX, en Roma, en torno a una reliquia conservada en la Basílica de San Nicola in Carcere. Su animador fue don Francesco Albertini, después obispo, promotor de una Cofradía de la Preciosísima Sangre. De su entorno surgieron las figuras que convertirían aquella experiencia en un movimiento espiritual de gran alcance: san Gaspar del Búfalo, fundador de los Misioneros de la Preciosísima Sangre, predicador incansable que difundió la práctica del mes dedicado a la Sangre de Cristo, afrontando incomprensiones y persecuciones; y santa María De Mattias, fundadora de las Hermanas Adoratrices de la Sangre de Cristo. De estas raíces nacieron, en Italia y en el mundo, numerosas congregaciones dedicadas a la Sangre del Redentor.
La institución de la fiesta: Pío IX en el exilio
El paso decisivo, de devoción extendida a fiesta litúrgica universal, lleva la firma de Pío IX y una fecha de fuerte carga política. Durante la República Romana, el Papa se encontraba exiliado en Gaeta. Allí, según la reconstrucción transmitida por la tradición, don Giovanni Merlini - tercer superior general de los Misioneros de la Preciosísima Sangre, hoy beato - le sugirió instituir una fiesta universal de la Sangre de Cristo para implorar el fin del conflicto. El 30 de junio de 1849, Pío IX anunció su intención de instaurarla; mediante el decreto Redempti sumus, del 10 de agosto de 1849, la fijó para el primer domingo de julio.
El marco fue precisado posteriormente por sus sucesores. Pío X trasladó la celebración a una fecha fija, el 1 de julio. Pío XI elevó su rango litúrgico en 1934, con ocasión del Jubileo de la Redención, en el decimonoveno centenario de la muerte de Cristo. La fiesta, a partir de entonces, quedó plenamente incorporada al calendario universal.
Juan XXIII, «el Papa de la Preciosísima Sangre»
El otro gran capítulo está vinculado a san Juan XXIII, unido a esta devoción desde su infancia: durante el mes de julio rezaba cada día las Letanías de la Sangre, aprendidas en casa. Como Pontífice, hizo de ella un eje de su piedad pública: a comienzos de 1960 aprobó para la Iglesia universal las Letanías de la Preciosísima Sangre; el 31 de enero de 1960, al clausurar el Sínodo romano, exaltó a san Gaspar del Búfalo como el gran apóstol de esta devoción; más tarde quiso añadir a las aclamaciones de «Bendito sea Dios», que habitualmente se recitan al término de la Adoración Eucarística, también «Bendita sea su preciosísima Sangre». El acto más solemne sigue siendo la Carta Apostólica Inde a primis, del 30 de junio de 1960, con la que el Papa explicó el significado de la devoción, la vinculó a las del Nombre y el Corazón de Jesús y recomendó su difusión. Es el documento que todavía hoy constituye la referencia magisterial para el culto a la Sangre de Cristo.
La reforma de san Pablo VI y la situación actual
Con la reforma del calendario litúrgico posterior al Concilio Vaticano II, san Pablo VI no suprimió el culto, sino que lo integró: la fiesta autónoma de la Preciosísima Sangre fue unida a la del Corpus Christi, dando lugar a la única Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, celebrada en toda la Iglesia. La memoria del 1 de julio permanece, en cambio, en el calendario de la forma extraordinaria del Rito romano, y en Tierra Santa la celebración conserva una relevancia particular: cada 1 de julio, en la Basílica de la Agonía de Jerusalén, los franciscanos la conmemoran esparciendo pétalos de rosa sobre la roca de Getsemaní.
Para el rito ordinario queda, además de la solemnidad, una Misa votiva de la Preciosísima Sangre, que puede celebrarse durante el mes de julio y en otros momentos del año. También por ello, aunque ya no cuente con una fiesta propia en un lugar destacado del calendario, todo el mes de julio continúa estando dedicado por tradición a la Sangre de Cristo.
Qué dice hoy la Iglesia
El sentido de esta devoción está recogido en el Directorio sobre la piedad popular y la liturgia (nn. 175-179), que sitúa la memoria de la Sangre salvadora en el centro mismo del culto eucarístico: en la asamblea que eleva al Padre el «cáliz de bendición» y lo ofrece a los fieles como comunión real con la Sangre de Cristo. No se trata, por tanto, de un culto paralelo, sino de una forma de releer el misterio pascual a la luz del precio de la redención. Como recordaba Benedicto XVI, retomando precisamente la tradición de julio, la sangre de Cristo es «la prenda del amor fiel de Dios a la humanidad»: ante las llagas del Crucificado, todo hombre puede reconocer que no ha sido abandonado.
Es, en el fondo, la síntesis de una devoción que atraviesa veinte siglos y cambia de forma litúrgica sin agotarse jamás.
d.V.B.
Silere non possum