Hay una liturgia que las redacciones celebran con una devoción que ningún amor a la verdad podría igualar: la del enfrentamiento. Poco importa lo que realmente suceda intramuros leoninos, poco importa lo que el Papa diga o haga: el titular ya está confeccionado, el esquema ya está escrito, sólo falta el pretexto. Y cuando el pretexto no llega, se fabrica sobre la mesa.

Hemos tenido una nueva prueba de ello en las últimas horas, con la puntual reaparición del consabido runrún en torno al encuentro previsto entre el Papa León XIV y Marco Rubio. Clave de lectura, cómo no, una sola: el pulso, el duelo, el desafío. Y sin embargo León XIV lo ha repetido hasta la saciedad: dejen de mirar la actividad del Papa como si fuera un dissing de redes sociales o una banal agenda política. Palabras al viento. Los periodistas siguen erre que erre, impertérritos y sordos a cualquier llamada de atención, porque el guion vende y el guion no se toca.

Así es como los insultos de Trump al Pontífice se convierten en material de portada, y como cada palabra de León XIV se retuerce, se exprime y se reduce a una réplica al magnate. Cuando el Papa estaba realizando un viaje apostólico de enorme calado, la prensa se desentendió olímpicamente: ni un titular, ni un análisis, ni un asomo de curiosidad. Demasiado poco pleito, demasiado poco rentable. Mejor esperar a la frase que se pueda sacar de contexto, al gesto al que se le pueda añadir doble sentido, a la ocasión propicia para volver a montar el espectáculo del enfrentamiento. Si se fijan, del magisterio del Papa y de las palabras espléndidas, y por momentos durísimas, que pronunció en África no dijeron ni media sílaba. Pero en cuanto estalló el asunto con Trump, hete aquí que de pronto el Papa volvió a ser noticia: y sus palabras, de la noche a la mañana, se convirtieron en material para instrumentalizar. Y hoy, justamente cuando la Santa Sede intenta recoser, retejer relaciones, rebajar la temperatura, la prensa hace exactamente lo contrario de lo que el momento exigiría: se lanza encima y echa leña al fuego. Porque la paz no vende, la diplomacia no abre informativos y el diálogo no genera clics.

El caso más reciente es de manual. El nombramiento de un obispo del todo secundario para Wheeling–Charleston, en Virginia Occidental, ha conquistado los titulares de los principales diarios, también italianos. ¿Por qué razón un traslado episcopal tan marginal habría de merecer semejante relieve? Sencillo: porque, según ellos, sería "una bofetada a Trump". El prelado es un antiguo inmigrante irregular, por tanto - se sigue, conforme a la lógica de redacción - el Papa habría querido mandar una señal política. Lástima que monseñor Evelio Menjívar-Ayala fuera nombrado obispo en 2022, bajo otro pontificado, y que León XIV se haya limitado ahora a trasladarlo a otra diócesis. Una operación rutinaria de gobierno eclesiástico disfrazada de gesto de ruptura. Pero la prensa es así: si no se cocina el titular que alimenta la trifulca, no se queda a gusto.

Y precisamente por eso las redacciones han comenzado a detestar visceralmente a este Papa. Desde el primer encuentro que tuvo con ellos en el Vaticano, al día siguiente de su elección, León XIV les pidió una cosa muy concreta: desarmar el lenguaje, dejar de azuzar el odio, dejar de tergiversar la realidad. Una petición que, a todas luces, tocó un nervio en carne viva. Porque desarmar el lenguaje supondría renunciar al motor mismo del sistema: los intereses de las redacciones y de los editores son demasiado poderosos, y ese motor no se puede apagar. No pueden parar, no quieren parar. Y seguirán reescribiendo cada gesto del Papa en la única gramática que conocen: la del conflicto.

Marco Felipe Perfetti 
Director, Silere non possum

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