Era una mañana de enero de 2007, en la estación L’Enfant Plaza de Washington D.C., uno de los nudos más concurridos de la capital estadounidense. Entre el flujo gris de viajeros con traje y corbata, un hombre en vaqueros y una sencilla camiseta abrió una funda, sacó un violín y empezó a tocar. En cuarenta y cinco minutos, miles de personas pasaron junto a él. La mayoría ni siquiera se detuvo un instante.
Aquel hombre era Joshua Bell, uno de los más grandes violinistas vivos. El violín que sostenía era un Stradivarius de 1713, valorado en tres millones y medio de dólares. Las piezas que interpretaba estaban entre las cumbres más altas del repertorio de Bach. Tres días antes, en la misma ciudad, había ofrecido un concierto con entradas vendidas a cien dólares cada una. Sin embargo, en aquel metro, era casi invisible. En cuarenta y cinco minutos recaudó treinta y dos dólares. Solo un puñado de personas se detuvo de verdad a escuchar; casi todas eran niños, retenidos a la fuerza por sus padres, que iban con prisa.
El experimento, organizado por el Washington Post, se convirtió en un estudio brutal sobre cómo el ambiente moldea nuestra percepción de la realidad. El talento seguía siendo el mismo. La música seguía siendo la misma. Incluso el instrumento seguía siendo el mismo. Había cambiado el contexto, y aquel cambio había vuelto invisible la grandeza.
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