Madrid - El Airbus A320neo de ITA Airways despegó de Fiumicino por la mañana y puso rumbo a Madrid. A bordo, además de la delegación vaticana, ochenta y cuatro periodistas ocuparon sus asientos para seguir el cuarto viaje apostólico internacional de León XIV. La novena vez de un Pontífice en tierra ibérica, quince años después de la última visita de Benedicto XVI. El lema elegido para estos días, Alzad la mirada, señala con claridad la dirección que el Papa quiere imprimir al itinerario, desde Madrid a Barcelona y hasta las Islas Canarias.

El Pontífice recorrió el pasillo para saludar uno a uno a los profesionales de la información. La configuración de este avión, más pequeño que los utilizados en otros vuelos más largos, no permitió a los periodistas moverse con facilidad durante el trayecto. Durante el saludo, varios cronistas intentaron hacer preguntas al Papa que no tenían nada que ver con el sentido pastoral del camino que le espera. Se referían a las guerras del mundo. Ucrania, Putin, el Líbano, Irán.

Sobre la guerra que desangra Europa oriental, el Papa no eludió la cuestión. Confesó su inquietud, recordó que cuatro años y medio de sangre reclaman una solución y volvió a proponer la vía de la negociación. «Estoy preocupado por Ucrania», dijo, y añadió que el mensaje ya había sido entregado en su encíclica, allí donde la cultura de la paz se antepone a la del odio. Frente a los intentos fallidos de diálogo entre Zelensky y Putin, opuso la única palabra que puede pronunciar un pastor: la que pide seguir empujando para que termine la violencia.

Sobre el Líbano, la respuesta fue más breve e igualmente honesta. El Papa mantiene el contacto con los líderes religiosos que encontró en los meses pasados, busca una respuesta, reconoce que el panorama sigue siendo intrincado. «La situación es muy compleja», admitió, sin vender ilusiones a quien pretende soluciones en una frase.

Hasta aquí, las respuestas. Pero el punto que nos interesa no se refiere a lo que dijo el Pontífice. Se refiere a lo que se le pregunta, y al modo en que se le pregunta. Porque León XIV ya lo había explicado a esos mismos cronistas, en el vuelo de regreso de África el pasado abril. Había tomado distancia de la lectura politizada de los viajes pontificios. Había recordado que un viaje apostólico se realiza para encontrar, acompañar y conocer al Pueblo de Dios. Había observado que el interés de la prensa resulta demasiado a menudo «más bien político», pendiente de saber qué dice el Papa sobre este o aquel dossier, por qué no juzga a este o aquel gobierno.

Lo había dicho con palabras sencillas.
Sin embargo, las palabras sencillas, cuando contradicen el guion, no son escuchadas. Ocurría también con Francisco. Se vuelve a la carga. Se intenta arrastrar a un Pontífice dentro de la crónica de las diplomacias, reducir una peregrinación a una lista de tomas de posición, transformar a quien parte para rezar ante la Virgen de la Almudena y para inaugurar la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia en un comentarista de las negociaciones internacionales.

En las últimas horas se ha consumado también una de las representaciones más elocuentes del clima que acompaña a los viajes apostólicos: un séquito mediático seleccionado según criterios difíciles de justificar, donde las relaciones personales, las costumbres adquiridas y la proximidad pesan más que la calidad del trabajo periodístico.

Quien ha ofrecido un ejemplo plástico de este cortocircuito ha sido Eva Fernández, periodista de COPE acreditada en el séquito papal y presencia ya habitual en los vuelos pontificios. En las últimas horas, Fernández ha rivindicado públicamente haber insistido durante años ante el Papa Francisco y después ante el Papa León XIV para que viajaran a España, acompañando esta presión con su práctica de los regalos entregados durante los viajes.

En un reportaje construido para ella por su amiga Valentina Alazraki - porque esta es la manera en que estas personas entienden el periodismo: entrevistas entre amigos, caricias recíprocas, silencios sobre los enemigos y cuidadosa selección de quién puede hablar -, Fernández contó que fue ella, a lo largo de los años, quien llevó esos regalos al Papa con la esperanza de que el Pontífice decidiera ir a España. El resultado es una personalización desconcertante de un acontecimiento eclesial y diplomático que es, en realidad, fruto de la invitación de la Iglesia local, de las autoridades del país y que se desarrolla dentro del perímetro propio de la misión del Sucesor de Pedro. Ya no estamos en el pontificado de Francisco, cuando demasiadas decisiones se movían dentro de un circuito de amistades, simpatías personales y complacencias mediáticas. Un viaje apostólico no puede reducirse a la tenacidad de una cronista ni a la escenografía de los regalos llevados a bordo del avión papal. Regalos que, por lo demás, acaban todos en la Annona.

El punto es precisamente este: cuando un viaje del Papa se cuenta como fruto de presiones privadas, insistencias personales, relaciones cultivadas en los pasillos y pequeños rituales de corte, el ministerio petrino es arrastrado a una narración mezquina. En el centro ya no están los católicos que deben ser confirmados en la fe, la Iglesia local que debe ser encontrada, las instituciones que deben ser saludadas, el país al que se debe dirigir una palabra. En el centro acaba la mitología personal de quien frecuenta el séquito papal y confunde la proximidad física al Pontífice con un papel en la misión de la Iglesia.

El Pontífice viaja a España para anunciar el Evangelio, confirmar a los fieles, encontrar a la sociedad y dialogar con las autoridades. Atribuir todo esto a la perseverancia de una periodista, a los regalos acumulados durante años o a las dinámicas informales del vuelo papal significa alimentar esa confusión tóxica entre información, acceso privilegiado y protagonismo personal que desde hace demasiado tiempo pesa sobre la comunicación vaticana.

No se trata de pretender que el Papa calle sobre las guerras. Calla tan poco sobre las guerras que las nombra en cada audiencia general. Se trata de reconocer que un viaje nace por una razón, y que esa razón precede a todo lo demás. El cronista, sobre todo el acreditado, debe ayudar al Papa a contar esto, no lo que quieren las redacciones para conseguir clics. León XIV va a España por los católicos, por los migrantes acogidos en Arguineguín, por los detenidos que encontrará y por los jóvenes reunidos en oración. Va, en una palabra, por el Evangelio. Que los cronistas prefieran a Putin antes que a la Virgen de la Almudena dice mucho de ellos, y nada de él.

El Pontífice ha aterrizado en Madrid y hará lo que ha anunciado. Rezará, encontrará, acompañará. Los titulares de mañana, con toda probabilidad, hablarán de otra cosa, pero es necesario cambiar de rumbo.

F.G.
Silere non possum

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