Barcelona - Alça la mirada, levanta la mirada: lo coreaban a plena voz los jóvenes del Estadio Olímpico «Lluís Companys», el mismo recinto de Montjuïc que en 1992 custodió el fuego de los Juegos. Es el lema de este viaje apostólico. Durante toda la vigilia, sin embargo, el Papa pidió también bajar los ojos, entrar dentro de uno mismo, tocar fondo. La mirada se levanta - dejó entender - sólo si antes consiente descender a la oscuridad.
Y de oscuridad se habló largamente en esta noche catalana. No de la oscuridad metafórica de las homilías pulidas, sino de esa oscuridad espesa y concreta de tres jóvenes que tomaron el micrófono y hablaron de sus propios abismos.
Tres preguntas nacidas de la noche
El primero, un joven bautizado precisamente en la última Pascua, confesó haber perseguido el éxito, el rendimiento, la obsesión por la propia imagen, y haberse hundido en un vacío sin fondo. León XIV le respondió reivindicando el valor de una «sana inquietud»: la idolatría del rendimiento y el culto a uno mismo - vino a decir sin rodeos - no son más que anestésicos que adormecen la conciencia y la someten a una determinada idea de sociedad. La vocación no se encuentra huyendo de este mundo, sino habitándolo; no fijando la mirada en el suelo ni sólo en uno mismo, sino buscando en profundidad, robando cada día algunos minutos al ruido para leer el Evangelio y hablar con Dios. Y nunca en soledad.
La segunda voz fue la de una joven que contó haber luchado durante años, en silencio, contra la depresión, hasta la noche en que intentó quitarse la vida. Está aquí – dijo - porque recibió una segunda oportunidad. El Papa la definió como una «enfermedad silenciosa», señal de que algo no funciona en una cierta idea de crecimiento capaz de aplastar a las personas bajo presiones insoportables, y reclamó sistemas sanitarios que sitúen entre sus prioridades este malestar sumergido. Después condujo al estadio hasta Getsemaní, a la hora en que caía la tarde sobre Cristo, hasta el grito de la cruz: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Retomando una catequesis de Benedicto XVI, recordó que aquella pena se convierte en oración y en grito. Y entregó a la Iglesia una advertencia severa: no se espiritualice el dolor, no se le despache deprisa como «voluntad de Dios», porque así se lo minimiza y se hiere a las personas. Dios no quiere el sufrimiento: lo lleva con nosotros. «Con Dios - añadió - la vida renace siempre».
No es casualidad que la llama encendida esta noche no fuera la olímpica. Bajo la gran cruz de Cristo, llevada a hombros y colocada en el escenario, ardían los braseros de otro fuego: el del Espíritu de unidad, invocado con el canto y con la oración. Una luz pequeña, obstinada, encendida precisamente en la oscuridad de la que se estaba hablando.
El perdón como camino, no como regreso
El tercer testimonio subió desde un barrio pobrísimo de Barcelona. Una niña cuyo padre intentó matar a su madre, salvada por el cuerpo de un joven que se interpuso y murió; la cárcel para él, la droga para ella, los servicios sociales, el centro de menores de San José de la Montaña. Hoy, ya adulta, todavía no logra perdonar. Aquí León XIV invirtió la pregunta: no «dónde estaba Dios», sino preguntémonos por el hombre, por hasta qué punto podemos convertirnos en rehenes del mal hasta llegar a la violencia. Palabras firmes sobre las crónicas de abusos domésticos arraigados en nudos antropológicos y culturales que corresponde a todos desatar. No se puede descargar sobre Dios lo que ha sido confiado a nuestra responsabilidad. En cuanto al perdón, ninguna vía rápida: es un camino largo, hecho de pasos pequeños, que casi nunca coincide con volver a la relación de antes, mucho menos allí donde ha habido violencia. Se puede, sin embargo, permanecer disponible en el corazón, rechazar todo odio y toda venganza, y rezar. «Somos pecadores perdonados, pacificados, capaces de perdonar. Capaces de hacernos portadores de paz».
A sostener ese «capaces juntos» había contribuido, a la llegada del Papa, una imagen que Cataluña conoce de memoria: un castell, la torre humana reconocida por la Unesco como patrimonio inmaterial, recordada por el cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona. Los cuerpos se levantan unos sobre otros, los pies sobre los hombros del compañero, hasta rozar los siete metros, mientras un niño conquista la cima y se planta allí como una linterna. El modelo «tres de vuit», ejecutado por la colla de Vilafranca del Penedès: una construcción que sólo se mantiene en pie si cada uno soporta el peso del otro. Fue precisamente esta tradición la que inspiró a Gaudí - y mañana por la tarde el Papa inaugurará la Torre de Jesucristo de la Sagrada Família, el edificio que aquella torre de carne, esta noche, anticipó en piedra aún incompleta.
A su llegada, los jóvenes lo llamaron con el canto, mientras atravesaba el estadio en el papamóvil en una vuelta interminable, con los ojos brillantes y la mano alzada hacia quienes entonaban el estribillo: L’any de Gaudí, el Papa és aquí!
Peregrinos en la noche
En la homilía, León XIV recordó: «También nosotros somos como Nicodemo, peregrinos en la noche». Mendigos de amor, hambrientos de verdad, en busca de una luz para el camino. Y, sin embargo – reconoció -, atravesamos también la noche de la fe: la fatiga de creer, el cansancio del espíritu, la amargura de los fracasos, el miedo a no poder más.
El giro decisivo llegó aquí: esas noches no deben ser condenadas. Son «un lugar de bendición, un espacio para renacer», un vientre que sigue engendrando vida. Nos arrancan las máscaras - humanas y religiosas - que llevamos de día para que no se nos reconozca, y nos devuelven a lo esencial, a la humildad de mirarnos en la verdad. Dios no ha enviado a su Hijo para juzgar al mundo, sino para salvarlo. Por eso no se juzgan las noches: ni las de la propia vida, ni las de la Iglesia, ni las de España, ni las de sus antiguas y nuevas pobrezas.
«¿Cuáles son las noches que atravesamos? ¿Qué estamos llamados a cambiar? ¿Qué sociedad queremos construir?». La pregunta quedó suspendida sobre el estadio. Y la respuesta del Papa volvió, como al principio, en catalán: un homenaje que fue directo a las raíces de esta gente. No dejar de buscar, de preguntarse, de dialogar con Dios y entre nosotros, también en el corazón de la noche, caminando juntos en una fe que mantiene armonizadas las diferencias, para que esta tierra sea un espacio acogedor para todos.
Después, la encomienda a la Madre de Dios: que el Señor nos conceda abrirnos a Él y dejarnos sacudir por el viento de su Espíritu. Bajo la cruz, los braseros seguían ardiendo: un fuego que, en esta ciudad de Gaudí, conoce bien el secreto de subir a lo alto sólo sosteniéndose unos a otros.
d.M.C.
Desde Barcelona para Silere non possum