Ciudad del Vaticano - Esta mañana, el cardenal Víctor Manuel Fernández, Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, abrió la Sesión Plenaria con una reflexión de tono espiritual y metodológico, planteada como una llamada concreta al modo en que la Iglesia piensa, discierne y habla con autoridad. La Plenaria ha comenzado hoy, concluirá el 29 de enero, y cuenta con la participación de unas setenta personas.

El punto de partida elegido por el Prefecto no fue un tema técnico, sino una actitud interior: la humildad intelectual. Fernández explicó haber percibido “en tiempos recientes, en la oración” una invitación fuerte a esa postura, recordando el lema: “Ubi umilitas ibi sapientia”. De ahí la indicación: entrar en el trabajo común sin la presunción de “poseer” la realidad, y sin confundir la capacidad de pensar con la pretensión de agotar aquello que se piensa.

En el corazón del texto, el Prefecto enumeró una distinción nítida: Dios ha dado al ser humano una facultad de pensamiento “de alcance universal” – «uno puede pensar el mundo, la historia, los orígenes, incluso puede pensar a Dios» – pero esa apertura no convierte a la mente en capaz de una comprensión total. Fernández lo formula de modo directo: «esta capacidad universal del pensamiento no significa que las personas humanas tengan capacidad de exhaustividad, de percepción integral de la realidad». Y añade: «incluso con la ayuda de las tecnologías más poderosas imaginables, es imposible que la mente humana sea consciente de la realidad en su totalidad y en todos los aspectos. Esto sólo es posible para Dios».

De esta premisa se deriva un pasaje que sostiene toda la reflexión: la imposibilidad de comprender “integralmente” incluso aquello que parece pequeño y circunscrito, porque cada fragmento se esclarece sólo en el conjunto. Fernández insiste: «no podemos tener una comprensión integral ni siquiera de una pequeña parte de este mundo», porque esa misma parte «sólo puede entenderse plenamente a la luz de la totalidad en la que está integrada: todo está conectado». La conclusión es un reconocimiento: «somos incapaces de interpretar todos los significados y matices de una realidad, de una persona, de un momento histórico, de una verdad».

Para concretar esta idea, Fernández recurre a Tomás de Aquino: la riqueza inagotable de Dios se expresa mejor en la riqueza del todo, cuya variedad proviene “de la intención del primer agente”, de modo que «lo que falta a cada cosa para representar la bondad divina se compensa con otras cosas». Y precisa el punto decisivo: la bondad de Dios «no puede ser representada adecuadamente por una sola criatura». En la misma línea sitúa también la cita del Papa Francisco sobre la necesidad de «captar la variedad de las cosas en sus múltiples relaciones» y de contemplar cada criatura «en el conjunto del proyecto de Dios». El cardenal amplía luego el horizonte a la tradición mística. Fernández cita a San Juan de la Cruz, que describe la “espesura” de las obras de Dios y una sabiduría “tan abundante y tan llena de misterios” que el alma puede “entrar siempre más adentro”, porque «es inmensa y sus riquezas incomprehensibles». Es una manera de decir que la realidad y, con mayor razón, el misterio de Dios no se dejan reducir a esquemas rápidos ni a certezas expeditivas.

Sobre este trasfondo, advierte: el progreso de la ciencia y la tecnología no elimina los límites; al contrario, hace más necesario tenerlos presentes. «Cuanto más avancen la ciencia y la tecnología, más necesitamos mantener viva esa conciencia del límite», afirmó Fernández, tomando distancia del “terrible engaño” de sentirse seguros y de justificar con razonamientos “falaces” decisiones y violencias. En su intervención, vinculó esta dinámica a ejemplos históricos y contemporáneos – «los excesos de la Inquisición, las guerras mundiales, la Shoá, las masacres en Gaza» – para mostrar cómo la argumentación puede convertirse en coartada cuando se separa de la verdad. El Prefecto devolvió luego la atención a la vida cotidiana: «lo mismo puede ocurrir en la vida de todos nosotros», porque «repetimos ese engaño viviendo demasiado seguros de lo que sabemos». Después ofreció algunas indicaciones.

La primera concierne a la relación con Dios como condición para comprender: «para comprenderlo todo plenamente necesitamos ser iluminados por Dios, nos hace falta invocarle, orar, escucharle, dejarnos guiar por Él en medio de las sombras». Fernández añade una fórmula esencial: «Confiamos en Él (credere Deo)».

La segunda concierne al método eclesial del pensar: reflexionar y analizar “escuchando a los demás”, acogiendo perspectivas diversas que abren a “otros aspectos” de la realidad. Por eso, escribe, «es bueno que prestemos atención a las periferias desde donde las cosas se ven de forma diferente». En este marco citó al Papa León: «ninguno posee la verdad toda entera, todos la debemos buscar con humildad, y juntos», junto con la propuesta de «una Iglesia que no se cierra en sí misma, sino que permanece a la escucha de Dios para poder, al mismo tiempo, escuchar a todos».

Fernández aplica luego este criterio de manera específica a las verdades de la fe. Observa que hoy un teólogo suele tener competencias “limitadas a una disciplina” o a un “tema aislado”, mientras que los misterios se entrelazan en una “preciosa jerarquía”, iluminada sobre todo por las verdades centrales “que constituyen el corazón del Evangelio”. Y precisamente aquí sitúa un pasaje delicado sobre el papel de un organismo como el Dicasterio: en un lugar donde se pueden dar respuestas “con autoridad”, redactar documentos “parte del magisterio ordinario” e incluso “corregir y condenar”, crece el riesgo de perder “la amplitud de perspectivas”.

A estas consideraciones, el cardenal añade un elemento de contexto ligado a la deriva de los psicoblogs que proliferan en la web: explica Fernández que hoy muchos “condenan” con la misma desenvoltura de quien pretende hablar “ex cathedra”. Por eso se vuelve urgente recuperar «ese realismo saludable propuesto por los grandes sabios y místicos de la Iglesia». El cierre de su reflexión, confiado a San Buenaventura, recompone todo en una imagen: las grandes preguntas no deben dirigirse “a la luz”, sino «al fuego que inflama y transporta todo», y ese fuego “es Dios”. Fernández retoma después la idea de que, llegado un cierto punto, «las negaciones son más apropiadas que las afirmaciones», y que “contribuye más el silencio interior que la palabra”.

s.M.C.
Silere non possum