Ciudad del Vaticano – Desde hace meses, una parte del periodismo - con especial evidencia en el italiano, ya inmerso en una deriva preocupante - está contando el pontificado de Leo XIV desplazando el foco desde la sustancia de su gobierno y de su magisterio hacia la escenografía de su vida cotidiana. Es un mecanismo ya ensayado durante el pontificado de Pope Francis: se complace a un sector del público atraído por el cotilleo, y se privilegia aquello que promete clics inmediatos. Así, un titular del tipo “¿dónde vivirá el Papa?” o “¿con quién vivirá el Papa?” termina resultando más apetecible - y más rentable - que un análisis sobre el peso de sus palabras, de sus decisiones y del horizonte espiritual que estas abren.
La tentación del “trasfondo” y la rendición al clic
Es una deriva a la que se suman también quienes, por seguir las lógicas de la web, acaban adoptando como criterio el termómetro de los “me gusta”. En internet ocurre a menudo que el post de fanfarrones y “fetichistas del encaje” obtiene más consenso que un texto de análisis sobrio, verificado, paciente. Pero aquí se toca el nudo: quien ejerce de verdad este oficio no puede reducir su trabajo a la caza del clic, ni entregarse a la dinámica estéril de la aprobación instantánea de quienes consumen horas ante una pantalla. Debe custodiar otra medida: verificación, proporción, profundidad. Y esto vale con especial rigor para el periodista católico, llamado a un plus de responsabilidad hacia la verdad y hacia el bien de la comunidad eclesial. Cuando un profesional persigue la gramática del embaucador - titulares inflados, “trasfondos” construidos y a veces inventados, fotografías históricas tomadas de otras páginas y reclamadas como “exclusivas” - el problema no afecta solo al decoro, sino a la credibilidad. La profesionalidad corre el riesgo de ir a remolque de quien, de la profesionalidad, no tiene ni método ni ética. Es una inversión: la crónica se vuelve imitación del engaño, y la información permite que su agenda la dicten quienes viven del artificio.
El método: verificación, fuentes y responsabilidad ante la verdad
En este marco se entiende el empobrecimiento actual del relato eclesial. Con demasiada frecuencia el periodismo persigue el “trasfondo” doméstico, lo amplifica hasta convertirlo en símbolo, y lo ofrece al público como clave interpretativa universal. El resultado es un lenguaje insinuante: no porque la dimensión personal carezca de relevancia, sino porque se la fuerza para convertirla en pretexto, alusión, material para el “trasfondo”.
A partir de ahí se activa, casi de forma inevitable, la comparación en serie con los predecesores de León XIV: cada decisión se pone en paralelo con Francisco, cada gesto se convierte en bandera. Los tradicionalistas lo leen como un asidero para atacar a Francisco; los modernistas buscan la prueba de una continuidad absoluta que disuelva cualquier pregunta. Lo limitadas y personalistas que son estas lecturas se comprende mirando la cronología de los sucesores de Pedro. El Papado no nació con Juan Pablo II ni con Benedicto XVI.
Con este método, sin embargo, se crea un juego de espejos que ha agotado al lector y, sobre todo, traiciona la realidad: produce interpretaciones mecánicas, a menudo infundadas, construidas para sostener a una facción más que para comprender una historia. En ese circuito, la Iglesia queda reducida a una arena de hinchadas; mientras la vida eclesial, en su trama verdadera, está en otro lugar: en los contenidos, en las decisiones, en el cuidado de las personas, en el tiempo largo de la responsabilidad. En este marco se sitúa la historia de la “mansarda del Papa”: una noticia completamente falsa y, precisamente por eso, instructiva. No instructiva sobre el Papa, sino sobre el método de quien pretende contar la Iglesia como se contaría un partido o una corte. Cuando una información sin la debida verificación se trata como hecho, la narración se sostiene sobre una sugestión: el detalle habitacional se vuelve señal política, indicio de una línea, prueba de una estrategia. El lector recibe una imagen simplificada y, sin darse cuenta, es empujado a interpretar la realidad eclesial con categorías ajenas a su naturaleza: corrientes, tácticas, mensajes cifrados, choques de poder. La Iglesia, en cambio, vive de tiempos largos, de lenguajes que no se dejan reducir al estruendo de la inmediatez, de responsabilidades que no coinciden con la gestión de la apariencia.
Esta vez el nombre que emerge es el de Jacopo Scaramuzzi, firma de La Repubblica, ya implicada en varias reconstrucciones que se revelaron inexactas. Pero sería un error convertir un caso en chivo expiatorio: el problema es más amplio y, en cierto modo, estructural. Hace pocos días ocurrió con la noticia relativa al presidente francés, cuando un embaucador con antecedentes utilizó un tuit anónimo para relanzar una “exclusiva” que en realidad era falsa. El problema es siempre el mismo: hoy estos periodistas - o incluso quienes presumen del título sin serlo - no verifican y escriben sin saber de qué hablan.
Haría falta detenerse también en las fuentes de algunas figuras que se presentan como “periodistas” sin serlo de verdad. Estos personajes - situados en puntos sensibles de la “máquina” - representan una auténtica espina para León XIV: tarde o temprano deberá cortar ese circuito, si no quiere que su vida privada sea expuesta y consumida como material público. Aquí se entiende una distinción decisiva, que reaparecerá más adelante. Una cosa es la proximidad de quien vive el Vaticano y la vida eclesial, ve mucho y por eso mismo sabe callar, reteniendo lo que no ayuda. Otra cosa es quien blande las pocas informaciones de que dispone para ostentar poder, intentar construir una reputación perdida durante años en las filas de la política, o presumir de contactos. Una cosa es contar hechos desde dentro para que en la Iglesia se avance en claridad, responsabilidad y - cuando hace falta - corrección. Otra cosa es hablar de personas y asuntos de oídas, intentando transformar el rumor en instrumento de influencia. Ya habíamos hablado de esto, pero sin duda volveremos con mayor amplitud.
La información “desde dentro”: proximidad, proporción y discernimiento
Ante todo conviene aclarar un punto decisivo. Existe una información que nace “desde dentro”, porque conoce la vida real de la Iglesia y de sus instituciones: frecuenta sus lugares, comprende sus tiempos, reconoce sus lenguajes, mide sus procedimientos y responsabilidades. Esa proximidad no se reivindica como privilegio ni como patente de “exclusiva” - fórmula típica de ciertos fanfarrones que a menudo hablan de cosas que no hacen y de personas que no conocen -, sino como exigencia de verdad. No para levantar barreras, sino para asumir el deber de explicar lo que, de otro modo, permanecería opaco, y hacerlo con un grado mayor de precisión y de proporción. Por eso resulta casi grotesca la actitud de algunos polemistas: sin trayectoria, formación ni experiencia auténtica en los contextos que pretenden juzgar, atacan a quienes conocen esos lugares desde dentro aplicando categorías ajenas, a menudo generadas por fijaciones personales y luego proyectadas sobre otros como si fueran criterios objetivos. Y, sin embargo, la diferencia es evidente. ¿Cómo equiparar el análisis de un obispo, un presbítero, un monje o un seminarista que vive a diario determinadas dinámicas, conoce su trama espiritual e institucional y soporta sus responsabilidades, con la producción del fanfarrón que exhibe títulos que no tiene, alternando a conveniencia política, Iglesia y folclore de encajes y ornamentaciones según la obsesión del momento? Cuando el análisis nace desde dentro, lo que cambia no es una supuesta “superioridad” de quien escribe, sino la calidad de la comprensión: los hechos se leen en su conjunto, se colocan en su contexto y se vuelven inteligibles para quien no habita ese mundo. Esto vale para el Vaticano y vale igualmente para las muchas realidades eclesiales repartidas por el mundo, donde las dinámicas concretas no se dejan reducir a consignas.
Cuando se habla de información “desde dentro” no se alude a un carné de la Gobernación ni a un contrato con la Santa Sede. La pertenencia real aquí tiene otro nombre: sensus Ecclesiae, familiaridad con el lenguaje, con las categorías canónicas, con la historia concreta de las instituciones y con las responsabilidades que comportan.
Basta observar incluso incidentes aparentemente menores, pero reveladores. En una comunicación oficial difundida hoy por la Holy See Press Office se ha indicado, de forma impropia, a un prelado como “arzobispo-obispo” de una diócesis en la que aún no ha tomado posesión canónica. En estos casos la terminología correcta es “obispo electo”: no por pedantería, sino porque en la Iglesia las palabras registran un estado jurídico y un paso real. Además, la cuestión no es solo jurídica: detrás hay un problema eclesiológico y teológico. Quien conoce la vida eclesial comprende de inmediato la diferencia; quien solo pasa por ahí por un sueldo, la ignora. Es el mismo razonamiento que habría que aplicar a algún director editorial empeñado en su autorrepresentación cultural e invoca haber escrito “cientos de libros” como garantía de autoridad, olvidando que el mundo editorial conoce prácticas de escritura delegada y, sobre todo, que la cantidad no certifica la calidad. Un texto puede llevar una firma y seguir siendo frágil: en los contenidos, en la reconstrucción histórica, incluso en el cuidado ortográfico. La credibilidad, también aquí, se mide con un criterio más severo y más simple: precisión, competencia y fidelidad a lo verdadero.
Deontología frente a corporaciones: la credibilidad se demuestra
¿Los resultados de todo esto? Los hemos visto, por ejemplo, en el caso de Alessandria y del obispo Guido Gallese: una cosa es repetir fórmulas genéricas como “Iglesia rica”, “Curia poderosa”, “Vaticano exclusivo”; otra, conocer desde dentro personas, estructuras, dinámicas, exigencias, límites, responsabilidades, y devolver a los lectores la complejidad de las situaciones sin deformarla. En el primer caso se produce un relato cómodo, emotivo, previsible; en el segundo se ofrece un servicio: se ilumina lo que ocurre, se distinguen niveles, se dan herramientas para comprender.
Hay además un dato - evidente para muchos - que merece registrarse: cada vez que se publican estas reconstrucciones torpes, la Sala de Prensa de la Santa Sede se ve puntualmente obligada a intervenir para aclarar y corregir. Es una paradoja instructiva para el italiano medio. Quienes lanzan estas fake news suelen ser los mismos que reivindican una presunta fiabilidad por pertenecer a un orden profesional; a veces incluso se presume de ello, confiando en que el lector confunda el sello de pertenencia con garantía de fiabilidad. Pero la credibilidad no se hereda: se demuestra, línea a línea, con el método. Por eso, en muchos países, no existe un “colegio de periodistas” entendido como estructura corporativa: quien informa debe responder, ante todo, a reglas de deontología explícitas y verificables, a estándares profesionales compartidos y a la responsabilidad concreta de su trabajo.
En este plano, la experiencia de Silere non possum es fácil de comprobar: cuando publica una noticia - desde investigaciones propiamente dichas hasta un simple nombramiento adelantado - no llegan desmentidos. En cinco años no ha ocurrido. Y, sobre todo, el tiempo ha confirmado los hechos narrados. Esto no autoriza ninguna fanfarronería; indica, sin embargo, una medida concreta, la única que cuenta: contrastes, información hecha “desde dentro”, precisión, continuidad de la verificación.
Es aquí donde Silere non possum ha introducido un elemento realmente innovador en la información, y también la razón por la que su voz ha superado hace tiempo las fronteras europeas. No proponemos un relato confiado a observadores ajenos a la vida eclesial o movidos por el fetiche del “scoop” o de los encajes; ofrecemos una información construida por clérigos y laicos que viven la Iglesia, la atraviesan, la conocen en sus rostros y en sus prácticas. Personas que frecuentan ambientes e interlocutores, entienden los pasos reales con los que maduran las decisiones, saben cómo se mueven los dicasterios, conocen los límites de lo decible, los procedimientos, los tiempos institucionales y los espirituales. Pero la competencia, por sí sola, no basta. Lo decisivo está en el orden de prioridades. Antes de publicar, la pregunta no es “¿cuánto ruido hará?”, sino: ¿esta noticia es útil para la Iglesia? ¿Puede generar un bien concreto? ¿Puede favorecer una aclaración, una corrección, un cambio? En muchas circunstancias ver y escuchar no significa tener que contar: existe una responsabilidad de callar cuando la divulgación corre el riesgo de deformar los hechos, alimentar equívocos o golpear sin aportar nada.
Esta elección no tiene nada que ver con ocultar. Es discernimiento: tiene en cuenta a las personas implicadas, la comprensión posible por parte del público, las consecuencias previsibles, la lectura que ese ambiente hará de esa información, la proporción entre el dato y el efecto que producirá. Y, sobre todo, no coincide con la lógica del comunicado “concedido” por el poder de turno. No es la actitud del portavoz que repite lo que conviene al “dueño”; es la actitud de quien quiere seguir siendo libre, respondiendo a la verdad y a su conciencia ante Dios, sabiendo que no todo lo que se puede decir merece decirse, y que no todo lo que se calla es una mentira. La proximidad a ciertos ambientes o personas no es, por tanto, un trofeo para exhibir ni un título para presumir. No confiere ninguna patente de infalibilidad: sigue siendo un punto de observación, una perspectiva. Sin embargo, puede ofrecer una ventaja rara y a menudo decisiva: el sentido de las proporciones. Quien habita ciertos lugares sabe que la Iglesia no se agota en una habitación, una escalera, un apartamento o una buhardilla; comprende que la vida eclesial está tejida de personas, liturgia, cuidado pastoral, discernimiento, fatigas cotidianas y fidelidades a menudo invisibles. Es esta familiaridad con lo real - no el acceso privilegiado ni el tono de iniciados - la que impide confundir un detalle logístico con una revelación y transformar lo accidental en clave interpretativa de lo esencial. En los últimos años se ha consolidado un modo de contar “desde fuera” que observa la Iglesia como un cuerpo extraño, a interpretar con lentes de política e intriga. En esa mirada, la complejidad no se convierte en materia a comprender: se reduce a ruido, se comprime en un titular. Se privilegia lo que captura, no lo que sostiene; se prefiere el detalle simbólico a la reconstrucción verificada; se alimenta una obsesión por el gesto y por la alusión, porque el gesto se vende rápido, mientras la sustancia exige escucha, tiempo, esfuerzo y, a veces, silencio. Alguien, a veces, se atreve a decir: «Eh, pero los artículos de Silere non possum son un poco largos». Sí, porque hay que elegir razonar, pensar. No es un vídeo de TikTok para hacer “scroll”. No es un post de pseudo-blog con dos fotos de encajes para alimentar hinchadas y crucificar al cura sin alzacuellos. Es otra cosa. Basta entender qué se busca, y uno se orienta pronto.
Un ejemplo concreto ayuda a comprender lo dicho. ¿Qué utilidad tendría dar relieve, de forma indiscriminada, a un acto pontificio que revisa o anula lo establecido por Francisco en la Fabbrica di San Pietro y en la Basilica of Santa Maria Maggiore en materia de control y vigilancia por parte de organismos vaticanos? ¿Y qué sentido tendría amplificar una decisión del Pontífice que corrige medidas despóticas del predecesor sobre la disciplina relativa a los apartamentos de cardenales y obispos? Sin un contexto serio y una explicación rigurosa, el efecto sería nulo en el plano informativo y dañino en el de la percepción. Se ofrecería solo material para una narrativa prefabricada - tanto de la prensa generalista como de cierta información “pro-vaticana” - lista para transformar cada elección de gobierno en una etiqueta moral: la idea de contraponer a León XIV con Francisco mediante el eslogan del “Papa de los pobres”. Una lectura pobre y, sobre todo, engañosa, que confunde actos de gobierno y de justicia con instrumentos de propaganda identitaria. Por desgracia, siguen existiendo bocas sueltas sin la necesaria conciencia. Dar información a personajes controvertidos, abiertamente alineados y a menudo ligados a pseudo-blogs que cuentan la Iglesia por facciones significa entregarles materia prima para convertirla en propaganda. No son personas capaces de discernir. Y es precisamente eso lo que los alimenta: exhibir, con complacencia, la tesis de que “el nuevo pontífice hace lo contrario del anterior”, como si la vida eclesial fuese un ring de contraposiciones.
El resultado es previsible: lo que debería suceder en discreción y paz se “vende” como conflicto y termina produciendo división. No custodia nada, no edifica, no aclara; solo agrieta ese clima de serenidad que - de manera visible y para alivio de muchos - León XIV ha contribuido a restablecer.
Periodistas o mercaderes de prensa: una distinción fundamental
Con demasiada frecuencia, quienes cuentan la Iglesia son personas incapaces de callar ante las fuentes, incapaces de detenerse a escuchar. ¿Cómo comprender un mundo si no se está dispuesto a escuchar a quienes lo habitan? No es raro que sacerdotes u obispos cuenten que han sido contactados por “la periodista de turno” no para recoger elementos, sino para obtener confirmación de una lectura ya elaborada. En ese momento se deja de buscar la verdad y se busca un pretexto para legitimar una tesis. ¿Qué sentido tiene? El periodista - el de verdad - conoce ante todo la disciplina de callar: escucha, verifica, pesa las palabras; y cuando habla lo hace porque está seguro de lo que afirma. Precisamente por eso, en Silere non possum, cuando el lector encuentra escrito: «El Papa ha nombrado…», significa que ese nombramiento ya se ha producido. Es un hecho. Puede que aún no sea público, o que todavía no se haya comunicado oficialmente; pero la realidad del acto es segura. Aquí no encontrarás fórmulas evaporadas - “quizá”, “se dice”, “quién sabe”, “podría ser” - que sirven para tapar la ausencia de contrastes con una niebla de condicionales. «Si un cardenal está a punto de terminar y tú dices que puede ser confirmado o no, ¿qué noticia es? Gracias: son las dos únicas posibilidades. Mejor cállate», comentó hace unos días un presbítero, refiriéndose a las habituales que presumen de contactos.
La gramática del “se dice” pertenece a páginas improvisadas, a pseudo-blogs, a quien vive de guiños y de fanfarronadas. No a un trabajo que asume la verificación como regla y la verdad como medida.
El caso de la mansarda
Por eso el asunto de la “mansarda” no debe liquidarse como un simple tropiezo: es un síntoma. Y, como suele ocurrir, ni siquiera es un caso aislado. Antes, en torno a la vivienda del Papa, ya se habían asomado otros fanfarrones con la fábula de que el Pontífice “viviría con los frailes agustinos”, noticia desmentida por el propio Papa, que mostró no poco fastidio ante esa morbosidad. En los últimos días han arrancado invectivas y guiños de salón digital por parte de las habituales “vaticanistas de experiencia”, con su repertorio de sensacionalismo: “empleados vaticanos descontentos”, “restaurantes en la Cúpula de San Pedro”. Fórmulas arrojadas al público para crear ambiente, no para aclarar. Llama la atención, en esto, la memoria selectiva de quien hoy se descubre de pronto severa pero en años pasados frecuentaba el tercer piso “extra lujo” de la Fábrica de San Pedro, renunciando a publicar resultados de investigaciones documentadas a cambio de “acogida” y “consideración”. Durante los años de Francisco, cuando el malestar era mucho más alto y profundo, muchas de esas voces eligieron el silencio; y si hoy hay tensiones y desorden, son consecuencia de aquellas temporadas, de aquellas decisiones, de aquellas omisiones. La indignación intermitente de estas mercaderes de prensa, en cambio, solo sirve para generar clics y construir una narrativa sobre León XIV, no para describir la realidad.
Hay quien “solo ahora” se da cuenta de que algo no funciona en la Basílica de San Pedro, como si los problemas hubieran nacido hoy. Silere non possum denuncia desde hace tiempo - con documentos en mano y sin recibir jamás un desmentido - la mala gestión de Mauro Gambetti. Como ocurre a menudo, las “noticias” difundidas por estos pseudo-periodistas resultan inexactas y cargadas de banalidad, mientras lo que merecería atención se evita cuidadosamente. Nadie, por ejemplo, se ha detenido en un hecho concreto que Silere non possum ya había sacado a la luz tiempo atrás: para las obras de ampliación ligadas a la actividad comercial - sea bar o restaurante - se ha afectado el pavimento preexistente, con efectos que llegan a tocar la bóveda inferior de la nave de la Basílica.

Un periodismo “sin credibilidad”
Hoy cambian las relaciones de fuerza: algunos ya no tienen interés en “tener contento” a Gambetti, al haber comprendido que su destino institucional pronto cambiará; y tampoco tienen interés en halagar al Papa, porque intuyen que ya no estamos en el régimen del acceso fácil, de la entrevista concedida, de la cita otorgada como premio. Aquí aflora un nudo propio de la etapa de Francisco, pero que atañe sobre todo a la fiabilidad del sistema periodístico. No es tanto la “dramaticidad” de un pontificado lo que resulta revelador, sino la mala fe - o, al menos, la estructural falta de fiabilidad - de cierto modo de informar. Durante años, una parte de la prensa cultivó una relación hecha de espera y conveniencia: la idea de poder “llegar” al Pontífice, obtener una palabra, una vía preferente, un acceso que generara legitimación y prestigio. En ese contexto, muchas noticias se ocultaban por oportunidad; muchas indulgencias no nacían del equilibrio, sino del cálculo.
Hoy ese horizonte se ha estrechado y el relato cambia. Se atenúa la deferencia, crece el resentimiento, se multiplican los “trasfondos”; el tono se vuelve más ruidoso, más insinuante, más orientado a crear ambiente. No porque la realidad se haya vuelto de repente más escandalosa, sino porque ha cambiado la posibilidad de transformar la información en renta: menos acceso, menos ventajas, menos retornos. Y cuando la conveniencia desaparece, lo que queda - si falta método - es la tentación de sustituir la verificación por el cotilleo.
El punto, por tanto, no es defender al Papa de una curiosidad mundana: ¿dónde vivirá?, ¿en una mansarda dormirá o se entrenará?, ¿cómo vivirá?, ¿qué hará?, ¿por qué?, ¿con quién?, etc. El punto es defender al periodismo de una degradación que lo reduce a industria del “trasfondo” y de la insinuación. Defender el periodismo significa exigir rigor, reclamar rectificaciones claras cuando hace falta, reconocer que el acceso a “salas de prensa” o a “colegios registrados” no sustituye la competencia, y que la competencia no sustituye la rectitud del método. Y significa también recordar que la vida de la Iglesia no se deja contar adecuadamente si se la observa solo como un campo de maniobras: hace falta conocimiento, respeto por los hechos y, sobre todo, por las personas, y la conciencia de que la realidad eclesial no se agota en lo visible, sino que a menudo se mide precisamente en lo que no hace ruido.
p.S.V. y M.P.
Silere non possum