Madrid – El Seminario Conciliar de Madrid se ha visto obligado a intervenir públicamente para desmentirreconstrucciones difundidas en la red sobre una reciente actividad formativa interna. La nota difundida por la institución no deja lugar a ambigüedades: “los hechos divulgados son falsos y no se corresponden con la realidad”. Se trata de un paso contundente, que retrata un caso más en el que algunos psico blogs —a menudo obsesionados con un único tema, con un verdadero fetiche de la homosexualidad— convierten cualquier episodio en un pretexto, alimentando sospechas e insinuaciones que nada tienen que ver con un interés serio por la vida eclesial.
El comunicado del Seminario reconstruye con precisión qué fue lo que realmente ocurrió. Las “sesiones mencionadas” - se lee - “se encuadraban exclusivamente en la formación ordinaria en planificación pastoral de la fase de síntesis vocacional” y fueron impartidas por el sacerdote “don Jesús Sastre García, teólogo de reconocida fama académica y pastoral”. La puntualización es el modo en que la institución desmonta la narración tóxica de quienes, por agenda ideológica, intentan presentar un itinerario ordinario como si se tratara de una especie de laboratorio clandestino, una “formación doctrinal alternativa” o incluso ajena a la Iglesia. El texto de la intervención de los superiores es igualmente claro al negar el planteamiento insinuado por estas páginas: “En ningún caso se ha tratado de una formación doctrinal alternativa o ajena al Magisterio de la Iglesia”. Y añade: “Los contenidos abordados eran estrictamente pastorales y eclesiales, centrados en criterios generales de organización y discernimiento pastoral”. El Seminario precisa incluso que conserva “los materiales utilizados, que acreditan de modo objetivo la naturaleza y el contenido real de dichas sesiones”. No una impresión, no un “se dice”, sino documentos disponibles para probar la inconsistencia de las reconstrucciones de estos psico blogs que escriben continuamente cosas falsas.
El punto, sin embargo, va más allá del episodio concreto. Los que vuelven a verse golpeados son los seminaristas, ya inmersos en contextos donde a menudo se respira un clima de caza de brujas: basta un rumor, una etiqueta, una frase sacada de contexto para convertir a jóvenes en camino vocacional en blancos públicos. El mecanismo es conocido: se construye un caso, se amplifica, se moraliza; luego se pasa al siguiente, dejando tras de sí sospechas, divisiones y heridas. Y quienes pagan el precio son chicos que deberían poder vivir la formación con seriedad y serenidad, no bajo el yugo del tribunal permanente de las redes sociales y de los blogs militantes. No olvidemos que se trata de los mismos blogs que defendieron las insinuaciones difamatorias formuladas por un monseñor con evidentes problemáticas afectivas dirigidas contra el Sacro Colegio. Estos circuitos mediáticos no hacen información: producen ruido. Y cuando fijan la mirada de manera obsesiva en un solo asunto, reduciendo personas y procesos a categorías ideológicas, acaban provocando un daño que no es solo reputacional. Es un daño eclesial. Porque alimentan la lógica de la sospecha, el reflejo del “nosotros contra ellos”, la delación disfrazada de celo. Así se consume la confianza, se envenenan las relaciones, se debilita la comunión. Y hay un elemento más que no debe omitirse: cuando un blog o una persona habla solo y exclusivamente de un determinado tema, a menudo no está describiendo la realidad, sino persiguiendo una fijación. En muchos casos, esa monotonía temática revela un malestar no resuelto: aquello que no se acepta en uno mismo acaba siendo proyectado sobre los demás, transformándolos en blancos.
La respuesta del Seminario Conciliar de Madrid, de hecho, no es solo una defensa de oficio que pone de manifiesto un clima que se ha generado tanto en la comunidad seminarial como en la archidiócesis, y que ha llevado al arzobispo y luego al propio seminario a optar por la publicación de un comunicado para tutelar su buena fama; es una toma de posición contra un método. No debe olvidarse que, a menudo, de estas afirmaciones infamantes —carentes de pruebas, pero difundidas con ligereza por blogs que son verdaderos receptáculos de difamación contra el clero— se han derivado consecuencias gravísimas: investigaciones canónicas, comisariamientos, visitas apostólicas y otras medidas iniciadas al calor de reconstrucciones tan ruidosas como frágiles. El Seminario afirma: “Rechaza categóricamente las afirmaciones falsas publicadas, que inducen a juicios erróneos y carecen de cualquier fundamento objetivo”: son palabras de peso, porque describen con lucidez lo que ciertos pseudo blogs hacen de manera sistemática. Publican “afirmaciones” que se convierten en condenas morales, orientan “juicios erróneos”, y lo hacen sin bases verificables. Cuando una institución eclesiástica de formación se ve obligada a intervenir con términos tan tajantes, significa que la distorsión ha alcanzado un nivel tal que impone un acto público de tutela. No por propaganda, sino para salvaguardar la verdad de los hechos y la dignidad de las personas implicadas, en particular de los seminaristas, que a menudo ya se encuentran expuestos a dinámicas y presiones capaces de volver la vida cotidiana simplemente invivible.
Aquí la cuestión es seria: si se quiere realmente acoger el llamamiento del Papa León XIV, es necesario desactivar estos pseudo blogs privándolos de la única cosa que los mantiene con vida, es decir, la atención. La credibilidad la comprometieron hace tiempo, porque insisten en reconstrucciones infundadas, a menudo falsas, útiles solo para golpear al clero y convertir la vida eclesial en una caricatura hecha de cotilleos y obsesiones. Por eso no basta con rebatirlos: hay que dejar de seguirlos, de leerlos, de difundirlos y de ofrecerles una caja de resonancia. En otras palabras: no alimentar aquello que envenena. La Iglesia no puede aceptar que seminaristas y clero sean reducidos a carne de cañón para batallas identitarias y ajustes de cuentas mediáticos. Porque el coste de estas campañas no lo asumen los blogs que persiguen los clics: lo pagan los jóvenes, las comunidades, los formadores y, en última instancia, la comunión eclesial misma. Y si hoy hay algo que resulta evidente es que ciertos pseudo blogs, más que “centinelas”, actúan como un cáncer: erosionan la confianza, envenenan las relaciones y dificultan el camino de quienes buscan a Dios en la discreción, no en el escaparate de la insinuación.
p.B.V.
Silere non possum
