«No sigan a quienes utilizan las palabras de la fe para dividir: organícense, en cambio, para eliminar las desigualdades y reconciliar comunidades polarizadas y oprimidas. Por eso, queridos amigos, escuchemos la voz de Dios en nosotros y venzamos nuestro egoísmo, convirtiéndonos en operosos artesanos de paz. Entonces esa paz, que es don del Señor Resucitado, se hará visible en el mundo mediante el testimonio común de quienes llevan en el corazón su Espíritu»,dijo León XIV a los jóvenes.
En los últimos años, el terreno de los gestos y de los símbolos se ha convertido en un campo de batalla. No pocas veces se ha utilizado como arma identitaria: para reclutar, para descalificar, para dividir. El resultado está a la vista de todos: un conflicto que ha producido un daño eclesial real, porque ha resquebrajado la comunión y ha transformado lo que debería unir en un motivo de desconfianza recíproca.
A este clima han contribuido decisiones y posturas de gobierno, pero también la responsabilidad de quienes, a nivel local, han alimentado el enfrentamiento: obispos que continúan haciéndolo, sacerdotes que se colocan en las filas de los “combatientes” en lugar de en las de los pastores. Y, sin embargo, precisamente aquí está el punto: ese terreno no puede volverse divisivo, porque es esencial. La fe cristiana pasa por signos concretos: gestos, misterio, silencio, oración. No son accesorios, no son teatro, no son un lenguaje para unos pocos iniciados. Los signos, cuando se custodian con inteligencia y se viven con fe, hablan al pueblo de Dios y protegen la unidad de la Iglesia. Desde esta conciencia debe leerse también la línea de León XIV: desactivar las polarizaciones y devolver a los signos su tarea más alta, la de servir a la paz eclesial.
A ocho meses del inicio del pontificado, una serie de gestos y decisiones - a menudo liquidados como “retorno al pasado” o, por el contrario, exaltados de manera caricaturesca - merecen ser leídos por lo que realmente expresan: una visión coherente de la Iglesia como cuerpo que vive de unidad, paz y significado.
Más allá de la superficie: cuando los signos se convierten en lenguaje eclesial
A una persona no se la puede juzgar simplemente por lo que aparece: este es el riesgo que muchos han corrido en los últimos trece años. Demasiados se han dejado engañar, al menos hasta 2021, cuando nació un sitio que comenzó a contar también lo que Francisco hacía fuera del campo de la grabación, lejos de los encuadres y de las narraciones construidas.
Un pontificado debe evaluarse por las palabras, por lo que produce, por el modo en que actúa. No puede reducirse a la exterioridad, y menos aún solo a la liturgia. La liturgia, en todo caso, ofrece una rendija para comprender - al menos en el plano visible - la relación que el Papa tiene con Dios. Verlo celebrar, por ejemplo, es un testimonio de fe: una catequesis concreta sobre cómo celebrar, cómo orar, cómo estar ante Dios. El Papa también ha aclarado que la Iglesia no comunica solo mediante documentos y decisiones, sino también a través de gestos reconocibles, capaces de educar sin gritar. En sus intervenciones a los obispos y a los responsables de la Curia, ha recordado en varias ocasiones la necesidad de recomponer lo que se ha fragmentado tras años de polarizaciones, recordando que «la unidad no nace de la uniformidad, sino de reconocerse en una tradición compartida».
La liturgia como acto creído
Esto es lo que León XIV, con su espiritualidad agustiniana, está aportando a la Iglesia. En pocos meses ya ha realizado reformas importantes, anulando decisiones ideológicas tomadas en el pasado en el plano económico-financiero, pero también efectuando nombramientos relevantes, traslados, retomando costumbres y abandonando otras. «El Papa está tomando las medidas», se le escapó decir a un amigo cercano suyo, clérigo al servicio de la Curia Romana. Entre los elementos más evidentes de estos primeros meses está el modo en que León XIV celebra la Santa Misa. Han sido años particulares para toda la cristiandad. Francisco había comenzado a no celebrar más la Santa Misa, y no por motivos de salud. Cuando dejó de celebrar estaba perfectamente bien. A veces concelebraba, a veces presidía, a veces asistía. Era un caos del que no se entendía nada. Y aun cuando celebraba, no llegaba nada de ese misterio.
La celebración cantada, el uso del latín, la elección de ornamentos bellos - lejanos tanto de la ostentación como de ese pauperismo que en ocasiones se ha vuelto costoso e ideológico - devuelven la liturgia a su registro propio: la acción de la Iglesia que hace visible el misterio que celebra. «La belleza no es un ornamento superfluo, sino un camino que conduce al Misterio», ha recordado el Papa en una homilía reciente.
En el mismo horizonte se sitúa la recuperación de la dalmática bajo la casulla, según lo previsto por las normas litúrgicas. No es un detalle de estilo: es un signo que sustrae al celebrante de la lógica de la exhibición personal y remite, en cambio, a la plenitud del orden sagrado que la Iglesia le confía, dentro de una liturgia que no pertenece a quien la preside, sino al pueblo de Dios.

Tradiciones recuperadas, continuidad recompuesta
En ocho meses han reaparecido gestos y costumbres que en los años habían sido apartados sin ninguna motivación. La Santa Misa en la noche de Navidad ha vuelto a las 22 horas, recuperando la fuerza simbólica de una liturgia situada verdaderamente en el corazón de la noche, y se ha optado por celebrar también la Misa del día de Navidad. Asimismo, la elección de la sotana en un tejido adecuado, que no deje transparentar lo que se lleva debajo, y la atención a los hábitos - evitando el negro que crea un corte visual desagradable - no son detalles de vanidad, sino un indicio de cuidado. A menudo, lo que se presenta como “simplicidad” es, más banalmente, descuido. La sobriedad no coincide con lo desaliñado. Un fraile franciscano puede ser esencial y, al mismo tiempo, limpio, ordenado, compuesto. Y aquí el punto es incluso elemental: el pantalón hay que comprarlo de todos modos; elegirlo del color apropiado no cuesta más. Es una cuestión de medida y respeto, no de lujo.
León XIV ha retomado el uso de la faja con el escudo bordado, del hábito coral cuando las circunstancias lo requieren y, en los momentos institucionalmente más significativos, también de elementos como el troneto pontificio. Todo esto debe leerse en la misma línea: no una estética del poder, sino la claridad de los roles y del lenguaje público de la Iglesia, que no puede quedar confiado a la improvisación ni a las modas.
Un estilo de gobierno preciso: quien divide no está dentro
No ha faltado, en estos meses, la escucha incluso de aquellos cardenales que se han hecho intérpretes de “preocupaciones por la imagen del Papa”, llegando incluso a observar que el pequeño cogullo sobre la mozzetta era “un poco demasiado”. Un detalle que afuera nadie nota, pero que en ciertos ambientes pseudoclericales se transforma en criterio de juicio, como si la sustancia de la fe dependiera de un capuchón. En realidad, son vestiduras que el Papa recibe de los sastres y que viste sin construir sobre ellas una estrategia comunicativa: las asume como parte de la forma pública de su ministerio. Por lo demás, al igual que la faja, son signos que distinguen al Sucesor de Pedro de los demás obispos. No “han existido siempre” de modo inmutable: en la historia se han consolidado progresivamente; por ejemplo, el uso de bordar el escudo en la faja se remonta a Pío XI. Hoy, sin embargo, tienen el valor de pequeños indicadores de identidad institucional y no hay un motivo serio para que deban ser descartados. Al contrario, demuestra no ser libre quien se fija exclusivamente en encajes, casullas, cruces y accesorios, reduciendo todo a un inventario de detalles, y confunde la fe con un fetichismo litúrgico. Y eso, sencillamente, no es fe.
Ciertos ambientes desarrollan alrededor de estas señales un auténtico beneficio - clics, monetizaciones, narrativas, etc… - transformándolas en la única lente con la que juzgar un pontificado. No afecta solo a áreas tradicionalistas: existe también un “frente” opuesto, alimentado por polémicas cotidianas en las redes sociales, a menudo más interesado en desmentir y humillar que en comprender. En este clima se sitúan también cordadas mediáticas y pseudoacadémicasque giran en torno a figuras como Andrea Grillo y a sus respectivos alineamientos reactivos. León XIV, sin embargo, ya ha dejado entender que no quiere conceder espacio a estas dinámicas. Las divisiones ideológicas no son un motor de reforma, sino una patología que consume energías y deforma la misión. Por ello, con cierta constancia, el Papa tiende a marginalizar a quienes construyen su identidad eclesial sobre la contraposición permanente, sea cual sea la bandera que enarbolen. La demostración más concreta de este estilo de gobierno se ve en los nombramientos: Prevost prefiere a quienes siempre se han sustraído a las facciones.
Gobierno, sobriedad y realismo
Prevost actúa con libertad. Viste y utiliza lo que considera oportuno, sin dejar que hinchadas enfrentadas le dicten la agenda. Un detalle lo muestra bien: durante la Bendición Urbi et Orbi se colocó en la Logia el troneto, que había reaparecido en los saludos a la Curia; y, sin embargo, al dirigirse al mundo, eligió permanecer de pie, sin hacer uso de él. Es una señal sencilla pero elocuente: la forma no se convierte en ideología, y la tradición no se vuelve pretexto. En León XIV, los signos vuelven a ser lo que deberían: instrumentos de comunión, no munición para la guerra interna. León XIV lo recordó al hablar a los diplomáticos acreditados ante la Santa Sede: «las instituciones hablan también a través de las formas que las hacen reconocibles y fiables».
Otras decisiones, menos ligadas a la liturgia y más a la vida ordinaria del pontificado, revelan un enfoque concreto del gobierno de la Iglesia, ajeno a las lecturas ideológicas. El uso regular de Castel Gandolfo para el descanso y la actividad deportiva, la participación en conciertos y la visita a exposiciones como momentos culturales que el Papa desea vivir en primera persona, el próximo traslado al Palacio Apostólico, junto con la elección de un automóvil conforme a los estándares necesarios de seguridad, delinean una concepción del ministerio petrino que mantiene unidas sobriedad y responsabilidad.
Es una línea que rechaza dos extremos: por un lado, la espectacularización de la pobreza; por otro, la eliminación de las exigencias reales con las que un Papa debe lidiar, empezando por la protección de su persona y de los lugares en los que vive. En los últimos años, de hecho, se han ocultado los gastos necesarios para adecuar a altos requisitos de seguridadvehículos presentados como “pobres”, así como los costes y las consecuencias organizativas ligadas al alojamiento en Santa Marta, donde la ocupación estable de un piso entero ha incidido no solo en la gestión de la seguridad, sino también en la operatividad ordinaria y en los ingresos de la estructura.
Paz y unidad: el hilo que mantiene todo unido
Leídos en su conjunto, estos gestos no son un catálogo de nostalgia, ni una bandera identitaria. Son el intento de remendar: entre sensibilidades distintas, entre generaciones, entre lenguajes eclesiales que en los últimos años se han mirado con sospecha. León XIV lo ha repetido varias veces: la paz en la Iglesia no se construye eliminando los signos, sino devolviéndoles su significado; la unidad no nace de la improvisación, sino de una tradición habitada con inteligencia. Quien se queda en la excitación por un encaje o en la indignación por un trono pierde el punto. Aquí no está en juego una estética, sino una visión: la de una Iglesia que sabe hablar al presente sin amputar su memoria, y que reconoce en los signos - cuando son verdaderos - un instrumento de comunión y no de división.
p.B.N.
Silere non possum