Mónaco no fue, para León XIV, una simple etapa protocolaria ni una peregrinación a un escaparate impecable de la Europa acomodada. En esta jornada el Papa realizó un gesto más exigente: llevó la palabra evangélica a uno de los lugares en los que el hombre contemporáneo cultiva con mayor facilidad la ilusión de la autosuficiencia. Mónaco, con su prosperidad, su compostura institucional, su tradición católica y su proyección internacional, se convirtió así no sólo en un lugar geográfico, sino en una figura espiritual: la de un mundo que funciona y que, precisamente por eso, corre el riesgo de dejar de sentir la necesidad de ser salvado.
León XIV no fue al Principado para bendecir un marco bien logrado. Fue también para mostrar su punto ciego. Habló a un catolicismo acomodado, organizado, respetable, socialmente reconocido: un catolicismo que puede confundir con facilidad la estabilidad con la verdad, la eficiencia con la fecundidad, el orden con la conversión. Por eso el Papa, nada más llegar al Palacio, habló enseguida de la relación entre pequeñez, riqueza y responsabilidad. Recordó que Mónaco tiene una «vocación al encuentro y al cuidado de la amistad social», que «los pequeños marcan la historia» y que «cuanto nos ha sido confiado no debe enterrarse, sino que debe ponerse en circulación». Más incisivo todavía fue el pasaje en el que afirmó: «Cada talento, cada oportunidad, cada bien depositado en nuestras manos tiene un destino universal», y por tanto una exigencia intrínseca de ser «no retenido, sino redistribuido».
La palabra del Pontífice supera las fronteras del Principado y alcanza también a la Iglesia. Porque retener no es sólo la tentación de las élites económicas: es también una tentación nuestra. Se retienen recursos, funciones, espacios, lenguajes, formas, costumbres, incluso carismas, como si fueran posesiones que hay que custodiar y no dones que deben volver a ponerse en circulación. Y, sin embargo, la lógica evangélica señalada por León XIV es la contraria: lo recibido debe convertirse en responsabilidad, servicio, restitución. Cuando la Iglesia retiene, se endurece; cuando se endurece, pierde su capacidad generativa; cuando pierde su capacidad generativa, acaba custodiándose a sí misma más que al Reino.
En la Catedral de la Inmaculada Concepción el Papa llevó todo a su centro, que no es un programa de actividades ni una estrategia cultural, sino Cristo. «Ante Dios y en presencia de Dios tenemos un abogado: Jesucristo, el justo». Es una definición densísima. Cristo es llamado «abogado» porque se pone «para defensa de los pobres y de los pecadores» y los libera de la opresión, reintegrándolos «con toda su dignidad» en la comunidad humana y religiosa. Y León vuelve de nuevo a nosotros y nos recuerda que la misma Iglesia está llamada a hacerse «abogada», es decir, «a defender al hombre: al hombre en su integridad y a todos los seres humanos». Esta es quizá una de las palabras más fuertes pronunciadas en el Principado de Mónaco, porque sustrae la misión eclesial tanto a la mundanización como a la abstracción. Defender al hombre no significa adornar religiosamente el presente, ni perseguir al mundo en el intento de resultar inofensivos ante él. Significa anunciar «el Evangelio de la vida, de la esperanza y del amor», defender y promover «la vida de todo hombre y de toda mujer desde su concepción hasta su fin natural», oponerse a aquellas formas de secularismo que reducen al hombre al individualismo y que fundan la vida social sobre la sola producción de la riqueza. En esta perspectiva, la Iglesia no está llamada a halagar la confusión de su tiempo, sino a iluminarla. Una comunidad eclesial que renuncia a defender al hombre en la verdad acaba inevitablemente acompañándolo en su desintegración.
Ese mismo rigor aparece en el encuentro con los jóvenes y los catecúmenos. El Santo Padre mostró conocer con precisión la patología espiritual del presente: «un mundo que parece ir siempre de prisa, ávido de novedades, amante de una fluidez sin vínculos», dominado por una «necesidad casi compulsiva de cambios continuos». Pero León no respondió a este diagnóstico con los moralismos gastados de quien se limita a deplorar el tiempo en que vive. Respondió señalando la fuente de la consistencia humana: «lo que da solidez a la vida es el amor», ante todo el amor de Dios. Sólo a partir de ahí «la inquietud encuentra paz» y el vacío interior deja de buscar llenarse con «el reconocimiento de miles de “me gusta”» o con pertenencias artificiales y violentas. Desde hace años, en efecto, se cultiva la ilusión de que la renovación de la Iglesia consiste en multiplicar actividades, instrumentos, presencias, fórmulas, iniciativas, adaptaciones del lenguaje, dispositivos comunicativos. León XIV, por el contrario, nos devuelve a lo esencial: «Todo esto requiere oración, momentos de silencio y de escucha, para acallar el frenesí del hacer y del decir, de los mensajes, los reels y los chats». No hay aquí desprecio alguno de la modernidad, sino un juicio espiritual sobre ella. Sin interioridad no nace nada auténticamente cristiano. Nace movimiento, no vida; agitación, no testimonio. Y aun cuando la agitación vista ropajes eclesiásticos, bien cuidados y bien planchados, sigue siendo agitación.
Durante la Celebración Eucarística en el Estadio Louis II, el Papa sacó a la luz el núcleo más profundo del mensaje entregado a Mónaco en esta breve visita: la idolatría. Al comentar el Evangelio de Caifás y del sanedrín, afirmó que su veredicto «nace de un cálculo político, que tiene como base el miedo» y que ellos «quieren matar al inocente, porque detrás de su miedo está el apego al poder». No se trata sólo de una exégesis del texto joánico. Es una clave para comprender el presente. Cada vez que un sistema, civil o religioso, considera sacrificable lo esencial para salvarse a sí mismo, la lógica de Caifás vuelve a manifestarse. Cada vez que se aducen razones plausibles para expulsar, silenciar, marginar o inmolar al inocente, el poder muestra su rostro idolátrico. Y, de hecho, León XIV pregunta: «aún hoy, ¡cuántos cálculos se hacen en el mundo para matar inocentes; cuántas falsas razones se esgrimen para quitarlos del medio!».
El pasaje más penetrante de la homilía conclusiva es, sin embargo, otro, y es aquel en el que el Papa define al ídolo como «pequeña idea». La idolatría no es ante todo el culto grosero a falsas divinidades; es el empequeñecimiento de la mirada. Es una visión reducida que empequeñece a Dios y, al mismo tiempo, la mente del hombre. Por eso el Papa puede decir que la emancipación de los ídolos es liberación «de un poder que se ha hecho predominio, de la riqueza que degrada en codicia, de la belleza maquillada de vanidad». En una fórmula de extraordinaria densidad, describió no sólo la enfermedad del mundo, sino también una posible enfermedad eclesial: aquella por la que realidades grandes y buenas pueden degenerar en ídolos, cuando dejan de estar ordenadas a Dios y se convierten en instrumentos de autoconservación.
También en la vida eclesial hay criterios reducidos que, poco a poco, terminan imponiéndose como medida suprema. Ocurre cuando el consenso se antepone a la verdad, cuando los números se convierten en criterio de legitimación, cuando la imagen cuenta más que la sustancia, cuando la quietud institucional prevalece sobre la valentía evangélica y la eficiencia del aparato se transforma en un valor que hay que defender a cualquier precio. En estos casos se adopta, quizá con fórmulas piadosas y un lenguaje impecablemente religioso, la misma lógica de Caifás: se deja caer lo esencial para conservar el orden existente, se atenúa la fuerza de la verdad para no quebrar los equilibrios, se mira con más temor a la conversión que al vaciamiento progresivo de la fe.
Por eso la visita de León XIV a Mónaco fue mucho más que un acontecimiento bien resuelto. Fue una palabra dirigida a los saciados, a los asegurados, a los bien situados, a aquellos que todavía pueden pronunciar el nombre de Dios sin sentir ya su urgencia. El Papa fue allí donde el hombre parece tenerlo todo, para recordarle que puede faltarle la única cosa necesaria. Y lo hizo no con una retórica pauperista, sino con el Evangelio: la pequeñez que se convierte en vocación, el bien que debe volver a ponerse en circulación, Cristo «abogado» del hombre, la fe que no se reduce a costumbre, el silencio que devuelve la verdad al corazón, el ídolo que empequeñece a Dios y al hombre, la misericordia que es la única que salva al mundo. En este sentido, Mónaco dejó de ser sólo Mónaco. Se convirtió, por un día, en el espejo de una Europa elegante y cansada, y al mismo tiempo en el lugar en el que el Sucesor de Pedro recordó que sin Dios incluso el orden puede convertirse en esterilidad, incluso la riqueza puede convertirse en peso, incluso la religión puede reducirse a forma vacía. Con Dios, en cambio, también los pequeños hacen la historia.
p.B.M.
Silere non possum