Norcia - A pocas horas de las celebraciones solemnes de san Benito en Norcia, hemos entrevistado al arzobispo de Spoleto-Norcia, Renato Boccardo, presidente de la Conferencia Episcopal Umbria, para comprender cómo se vive esta fiesta, particularmente querida para los monjes benedictinos de todo el mundo, en la ciudad natal del Santo. El prelado ofreció una reflexión que mantiene unidas la memoria, la responsabilidad y el presente, sobre el trasfondo de una comunidad que, profundamente vinculada a su Basílica, ha vuelto a vivir este lugar desde hace algunos meses.
© Archidiocesi Spoleto - NorciaLa solemnidad de san Benito
Las celebraciones solemnes dedicadas al patrono de Europa se desarrollaron en un clima en el que la dimensión litúrgica se entrelazó con la civil, con una amplia participación de fieles, autoridades y comunidades monásticas, y con una referencia constante al tema de la paz. El regreso de la solemnidad a la Basílica de San Benito, reabierta tras la larga herida del terremoto, representó un paso significativo, no solo para Norcia, sino para toda la comunidad diocesana. «Volver a celebrar en la Basílica - observa Mons. Boccardo - tiene un doble significado: por un lado, un legítimo orgullo; por otro, el sentido de la responsabilidad». No se trata, precisa, de custodiar un monumento, sino de dejarse interpelar por lo que Benito sigue diciendo hoy, en el contexto de una sociedad atravesada por tensiones y conflictos.
El hilo conductor de las celebraciones fue explícitamente el de la paz. Ya en los ritos iniciales, con la llegada de la antorcha “Pro pace et Europa una”, encendida y bendecida en Roma y llegada a Norcia tras un recorrido simbólico, se confió a la luz un significado preciso: invocar una nueva responsabilidad por parte de quienes detentan el poder, para que respeten a los pueblos y a las naciones. En la homilía de la Santa Misa solemne, el arzobispo evocó una paz «desarmada y desarmante», reiterando que no se puede «hacer la guerra para hacer la paz». Palabras que se sitúan en la estela de los insistentes llamamientos del Papa León XIV y que, como reconoce el propio Boccardo, a menudo quedan sin ser escuchados. «Ha sucedido también con sus predecesores», observa, recordando cómo las palabras de los Pontífices han chocado con frecuencia contra la lógica de los conflictos. La perspectiva indicada, sin embargo, no se limita a una denuncia. El prelado insiste en un plano más concreto y cotidiano: la paz como responsabilidad personal, construida mediante gestos mínimos pero reales. «Un gesto de reconciliación, una palabra buena, un uso vigilante del lenguaje»: es en este terreno donde se juega la credibilidad del compromiso cristiano. No por casualidad, en la homilía, Boccardo retomó la invitación del Papa a «desarmar el lenguaje», señalando en la palabra una de las primeras formas de violencia o, por el contrario, de construcción de la paz.

La ostensión de los restos mortales de san Francisco
Aprovechamos la ocasión para reflexionar con el Arzobispo también sobre otro acontecimiento que ha marcado estas semanas en la Región eclesiástica de Umbría: la ostensión de los restos mortales de san Francisco. En Asís se registró una afluencia extraordinaria de peregrinos: más de 370.000 personas permanecieron en oración ante la urna, dando lugar a un hecho eclesial de gran relieve, en torno al cual tampoco han faltado las polémicas habituales.
Monseñor Boccardo interpreta esta experiencia en clave eclesial y antropológica. «La persona y el mensaje de Francisco no han perdido nada de su actualidad», afirma. En su interpretación llama la atención la insistencia en una “revolución” que no pasa por la ruptura, sino por la construcción. Francisco permanece dentro de la Iglesia, no se sitúa como alternativa, y es precisamente en esa fidelidad donde encuentra su fuerza. El dato más evidente sigue siendo, sin embargo, el de la participación. Las largas filas ante la Basílica, observa el arzobispo, no pueden despacharse como un fenómeno marginal. Al contrario, plantean una pregunta precisa a la Iglesia. Mientras en Asís se celebraba también la asamblea eclesial regional, con más de cuatrocientos delegados comprometidos en una reflexión sobre evangelización y catequesis, fuera miles de personas esperaban para unos pocos minutos de oración ante las reliquias del Santo. «El hombre necesita hacer una experiencia concreta», subraya Boccardo. Tocar, ver, detenerse. Es una dimensión que remite directamente al Evangelio y que, según el prelado, corre a veces el riesgo de ser descuidada por una pastoral demasiado concentrada en categorías intelectuales. No se trata de renunciar a la reflexión, sino de reconocer que la fe cristiana pasa también por gestos, signos y contacto.
Desde esta perspectiva, el acontecimiento de Asís se convierte en una provocación. No es posible establecer qué se ha llevado consigo cada peregrino al regresar a casa, pero el hecho mismo de que cientos de miles de personas hayan emprendido un camino para detenerse ante aquellos huesos indica una búsqueda, una pregunta abierta. «Si han venido, significa que buscaban a Alguien», observa. Norcia y Asís, en este marco, se presentan como dos lugares en los que aflora una pregunta más profunda: la necesidad de la paz y, al mismo tiempo, la búsqueda de sentido. La figura de Benito, «mensajero de paz y maestro de civilización», y la de Francisco, con la fuerza de su radicalidad evangélica, siguen señalando hoy dos referencias capaces de interpelar al presente.
Marco Felipe Perfetti
Silere non possum
ENTREVISTA
Después de diez años y tras la reapertura de la Basílica, ¿qué valor eclesial y civil tiene hoy volver a celebrar aquí la solemnidad de san Benito, en su casa natal?
Volver a celebrar en la Basílica la solemnidad de san Benito tiene un doble significado: por un lado, un legítimo orgullo. Estamos contentos y orgullosos de haber recuperado la Basílica, con todo lo que ello implica. Por otro, el sentido de la responsabilidad: aquí no se trata solo de conservar monumentos, sino de redescubrir la actualidad de Benito, dejándonos interpelar por su mensaje y preguntándonos seriamente cómo proponerlo, cómo hacerlo actual. Norcia está profundamente vinculada a la Basílica.
¿Qué palabra puede ofrecer hoy el testimonio de san Benito a los responsables de las naciones que siguen alimentando la guerra, mientras permanece sin ser escuchado el insistente llamamiento a la paz que el Papa León XIV viene dirigiendo desde hace meses en sus intervenciones?
Ante los responsables de las naciones que siguen alimentando la guerra, el testimonio de san Benito remite hoy a la actualidad del humanismo cristiano y de la convivencia inteligente entre los distintos. El problema, sin embargo, es que no se quiere escuchar. Ha sucedido también con los predecesores de León XIV. Pienso, por ejemplo, en los llamamientos de san Juan Pablo II cuando viajó a Damasco y dijo: “Renuevo el llamamiento a todos los pueblos implicados y a sus responsables políticos para que reconozcan que el enfrentamiento no ha tenido éxito ni lo tendrá jamás. Solo una paz justa puede crear las condiciones necesarias para el desarrollo económico, cultural y social al que tienen derecho los pueblos de la región”. Y, sin embargo, no le escucharon. Así ocurrió también con Benedicto XVI y con Francisco: voces que claman en el desierto, que han quedado sin ser escuchadas. Creo, no obstante, que nosotros, los cristianos, no debemos renunciar a invocar la paz ni a exhortar a la comunidad internacional. Debemos empezar nosotros mismos, con gestos concretos de paz.
En la homilía de la Santa Misa de la solemnidad de san Benito, usted subrayó con fuerza la urgencia de una paz “desarmada y desarmante”, afirmando que no se puede “hacer la guerra para hacer la paz”, y retomó la invitación del Papa León XIV a “desarmar el lenguaje”.
Sí, debemos ser nosotros quienes realicemos gestos de paz, gestos que se inserten en el tejido social como gérmenes de vida capaces de frenar el crecimiento y la multiplicación de los gérmenes de muerte. Pienso en un gesto de reconciliación, en una palabra buena y misericordiosa, en un uso vigilante del lenguaje, como decía el Papa en su mensaje. Es necesario hablar con prudencia y con inteligencia. Son cosas pequeñas, pero constituyen aportaciones significativas a la construcción de un clima de paz.
En poco más de un mes, en Asís, más de 370.000 peregrinos han permanecido en oración ante los restos de san Francisco. En torno a esta iniciativa no han faltado polémicas que, en muchos casos, parecen olvidar la historia y la vida concreta de la Iglesia. ¿Qué significado tiene hoy un acontecimiento de este tipo, tanto para los fieles como para quienes se sienten alejados de la fe? ¿Sigue siendo una experiencia capaz de interpelar al hombre contemporáneo?
Creo que la persona y el mensaje de san Francisco no han perdido nada de su actualidad. Siguen impresionando su seguimiento y su capacidad revolucionaria, pero no para destruir, sino para construir. Habitualmente estamos acostumbrados a revoluciones orientadas a derribar. Francisco, en cambio, nunca adoptó una actitud de “demoledor”; quiso construir permaneciendo dentro de la Iglesia. Es fácil salir fuera y hacer algo paralelo. Él eligió quedarse dentro y nos enseñó que el seguimiento sine glossa del Evangelio garantiza una vida lograda. Creo que este es el mensaje que sigue interpelando y estimulando también a nuestros contemporáneos.
Han sido realmente muchas las personas que han permanecido en oración…
Sin duda, ha sido impresionante ver las colas de personas que acudían a la Basílica. Como Región eclesiástica, el pasado sábado 28 de febrero celebramos la Asamblea eclesial regional. Estaban presentes los delegados de nuestras ocho diócesis y éramos más de 400 personas. Reflexionamos durante toda la jornada sobre la evangelización y la catequesis: fue un momento muy hermoso. Mientras nosotros estábamos dentro, con el riesgo de hablarnos a nosotros mismos, fuera había miles de personas haciendo fila para poder rezar ante los restos de Francisco.
Creo que esto debe interpelarnos. El hombre necesita hacer una experiencia concreta, ver, tocar. En el Evangelio la gente tocaba a Jesús, recorría kilómetros para poder verlo o para poder tocarlo. Quizá nos hemos vuelto demasiado intelectuales. Esto no significa que no haya que reflexionar sobre la fe y los métodos de evangelización, sino que debemos tener en cuenta también esta dimensión, que es muy humana, muy sensible. Ante estos huesos la gente hace horas de cola para permanecer unos minutos ante estos restos mortales. Y entonces debemos preguntarnos: ¿qué se llevan a casa de esta experiencia? No lo sabemos, es obra del Espíritu. Pero, si han recorrido kilómetros para venir aquí, significa que han venido a buscar a Alguien. Esto debe interpelarnos como Iglesia. No debemos “resucitar” formas desfasadas, que pertenecen ciertamente al pasado, pero tampoco podemos subestimar estas manifestaciones y debemos dejarnos provocar por ellas.