Ciudad del Vaticano - En la quietud de la Capilla Paulina tuvo lugar esta tarde, martes 24 de febrero de 2026, la quinta reflexión de los Ejercicios Espirituales de Cuaresma para la Curia Romana. En presencia del Santo Padre León XIV, de los Cardenales y de los Jefes de Dicasterio, el predicador Mons. Erik Varden O.C.S.O. prosiguió el ciclo de meditaciones titulado "Iluminados por una gloria escondida", ofreciendo una reflexión profunda y mordaz sobre la naturaleza de la verdad y sobre las insidias que amenazan a quien está llamado a servirla.

La jornada de oración se abrió esta mañana a las 9 con el rezo de la Hora Intermedia, seguido de la primera meditación diaria centrada en el tema "Volverse libres". Pero fue esta tarde cuando el recorrido espiritual ofrecido por el monje trapense alcanzó uno de sus vértices con la meditación titulada "El resplandor de la verdad", seguida de la Adoración eucarística y de la celebración de las Vísperas.

La tentación como prueba necesaria

Mons. Varden, trapense y refinado intelectual, abrió la reflexión vespertina recordando una vez más la enseñanza de San Bernardo de Claraval, exhortando a los presentes a cultivar un estado de vigilante atención. "Os advierto: nadie vive en la tierra sin tentaciones", recordó el predicador, subrayando cómo la vida cristiana requiere un difícil equilibrio: por un lado, la confianza en la ayuda divina y, por otro, la desconfianza hacia nuestra propia fragilidad. Lejos de ser un mero obstáculo, la tentación fue presentada como un crisol útil para la purificación. "Al resistir las flechas lanzadas por el Padre de la Mentira, nuestro compromiso con la verdad se fortalecerá", explicó Varden. Es precisamente en el rechazo de la falsedad que nos debilita donde nace la capacidad de convertirse y, en consecuencia, de confirmar a nuestros hermanos en la fe.

La ambición: una locura que "ciega los corazones"

El pasaje central de esta meditación se refirió a la ambición, definida sin medias tintas como una negación de la verdad y una forma de codicia. Recurriendo nuevamente a la sabiduría de San Bernardo, Mons. Varden describió este vicio con palabras de rara potencia, definiéndolo como "un mal sutil, un veneno secreto, una peste oculta". Las palabras del predicador resonaron con particular gravedad ante las máximas cumbres de la jerarquía eclesiástica dentro del Palacio Apostólico: la ambición es "madre de la hipocresía, progenitora de la envidia", una fuerza destructiva capaz de hacer "oxidar las virtudes, pudrir la santidad, cegar los corazones". Varden subrayó cómo la ambición nace de una verdadera "enajenación de la mente": es una locura que se manifiesta cuando se olvida quién se es y a quién se sirve.

Con un toque de punzante realismo cultural, el predicador observó cómo la figura del sacerdote ambicioso es ya un tópico casi cómico - pero trágico - en la literatura y en el cine, desde los personajes de Jane Austen hasta el cinismo retratado en la película Ridicule. Una advertencia clara para que la realidad del servicio curial no decaiga nunca en tal caricatura. Varden no señaló este riesgo solo para quien está revestido del orden sagrado, sino también para aquellas religiosas y aquellos laicos que participan en estos ejercicios precisamente en virtud del hecho de que están al frente de un Dicasterio.

La respuesta cristiana: la santidad como verdad encarnada

Frente a la pregunta de Pilato, "¿Qué es la verdad?", que todavía hoy resuena en el corazón de un mundo confuso y asustado, la Iglesia no puede callar ni ofrecer respuestas banales. Mons. Varden exhortó a los presentes a no malgastar energías en "tentaciones banales, hechas de miedo, vanagloria y ambición". La única respuesta creíble es Cristo, que no solo protege sino que renueva. El predicador advirtió contra la tentación de adecuarse a las modas del mundo, un procedimiento definido como "dudoso". La Iglesia, con sus tiempos lentos, correría el riesgo de llegar siempre con retraso si busca imitar el lenguaje mundano. Por el contrario, si permanece fiel a su propio lenguaje  - el de la Biblia, la liturgia y los santos - será capaz de "enunciar verdades perennes noviter", resultando paradójicamente original y fresca. La conclusión de la meditación recordó la llamada universal a la santidad, verdadera herencia del Concilio Vaticano II. Citando al Cardenal Schuster, Varden recordó que incluso cuando las personas ya no creen en la predicación, "ante la presencia de la santidad todavía creen, todavía se arrodillan y rezan". Es el esplendor de la verdad que se manifiesta en forma personal, a través de un amor purificado de las "tentaciones de la componenda", lo que vuelve convincente la fe cristiana.

El programa de mañana

Los Ejercicios Espirituales proseguirán mañana, miércoles 25 de febrero, con un programa marcado por momentos de oración y reflexión. A las 9:00 se tendrá la oración de la Hora Intermedia, seguida de la meditación matutina sobre el tema "Mil caerán". Por la tarde, a las 17:00, tendrá lugar la meditación vespertina titulada "Yo lo glorificaré", seguida de la Adoración eucarística y del canto de las Vísperas. Los Ejercicios Espirituales constituyen un momento fundamental de pausa y discernimiento para el gobierno de la Iglesia universal, un tiempo en el que la primacía no se da a la acción, sino a la escucha.

p.F.V.
Silere non possum