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Carta de León XIV al clero
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Las novedades para la comunidad
Desarmar las palabras: la Cuaresma de León XIV contra el veneno de la red

Vivimos inmersos en un ruido constante. Deslizamos pantallas llenas de opiniones a gritos, comentarios venenosos y juicios sumarios. En este escenario, donde el teclado se convierte a menudo en un arma, las palabras del Santo Padre suenan no como una simple advertencia espiritual, sino como una urgencia social: «Desarmemos las palabras y contribuiremos a desarmar la Tierra».
Es una invitación poderosa, casi revolucionaria por su sencillez. El papa León XIV nos recuerda que la paz no es una idea abstracta que se deja en manos de tratados internacionales, sino una práctica diaria que empieza por nuestros labios y por nuestros dedos.
A menudo pensamos la paz como la ausencia de guerra entre naciones. El Papa, en cambio, desplaza la mirada al micromundo de nuestras relaciones personales. «La paz comienza en cada uno de nosotros: en la manera en que miramos a los demás, escuchamos a los demás, hablamos de los demás», afirmó recientemente. Es como si León nos estuviera diciendo que la Iglesia, tanto en su dimensión real como en la digital, está atrapada en un círculo vicioso del que debe salir cuanto antes, porque este sistema se está degradando. En la homilía del Miércoles de Ceniza, declaró: «Es cierto: el pecado es personal, pero toma forma en los ambientes reales y virtuales que frecuentamos, en las actitudes con las que nos condicionamos recíprocamente, no pocas veces dentro de auténticas “estructuras de pecado” de orden económico, cultural, político e incluso religioso».
Estas palabras me hicieron pensar. Estamos tan metidos en ciertas dinámicas que no advertimos hasta qué punto están equivocadas. Y como todos, en mayor o menor medida, actuamos del mismo modo, terminamos por normalizarlas, hasta el punto de no reconocerlas siquiera como pecados, ni siquiera en el confesionario. Hablar mal de los demás, por ejemplo, se ha vuelto una costumbre, casi una forma de “hacer conversación”. Hay encuentros del clero en los que se habla exclusivamente mal de otros. Se forman grupitos, facciones, donde incluso las críticas más veladas van dirigidas de todos modos a alguien. Y si no tenemos algo malo que decir de alguien, corremos el riesgo de inventarlo o, incluso, de callarnos.
Piénsalo: ¿cuántas veces te ha pasado tener una conversación positiva, quizá delante de un café, en la que compartiste las cosas buenas que te ocurren? ¿Y cuántas veces, en cambio, has pasado todo el tiempo quejándote? Las palabras de León XIV nos invitan a entender la comunicación como un acto de responsabilidad. No se trata solo de “ser educados”, sino de construir un tejido social que no se rompa ante la primera discrepancia. Es un llamamiento a lo concreto: antes de señalar los grandes conflictos del mundo, estamos llamados a mirar cómo gestionamos los conflictos en nuestra parroquia, en el seminario, en la comunidad, en el edificio, en la oficina o en el chat de grupo de los monaguillos.
Un ayuno de las palabras que hieren
Especialmente eficaz fue el Mensaje para la Cuaresma, en el que propuso un ayuno distinto de lo habitual. Más de uno se ha preguntado por qué Silere non possum decide dar relieve a algunas homilías pronunciadas por ciertos obispos más que a otras. En esta primera entrega de la Newsletter revelamos un “secreto”: publicamos la homilía que ofrece, tanto al fiel como al clérigo, un elemento realmente aplicable en la vida concreta y capaz de generar un cambio.
Nunca he soportado cierto modo de predicar: análisis correctos desde el punto de vista exegético, doctrinal, moral, cultural, etc., y luego, en la práctica, ¿qué queda? Cuando el fiel vuelve a casa, ¿se lleva una lección de teología o una invitación concreta? Esas palabras ofrecían un punto de apoyo para llegar al encuentro con el Señor pudiendo decir: “Hoy intentaré mejorar en esto”.
Ese es el criterio. Y con el papa León XIV podemos reconocer el mismo estilo también en sus palabras. En el Mensaje para la Cuaresma nos llamó a un ayuno que implica ante todo la abstención del pecado. Invitó a ayunar de las «palabras que golpean y hieren», pidiéndonos evitar la charla vacía, el chisme y el hablar mal de quien está ausente y no puede defenderse. En una época en la que el “digo lo que pienso” se usa a menudo como excusa para la crueldad, la invitación a medir las palabras se convierte en un acto de resistencia humana. Significa escoger el silencio en lugar del insulto, la reflexión en lugar de la reacción instintiva.
Voces concordantes: una urgencia compartida
Jean-Christophe Seznec, en La mágica virtud de medir las palabras, observa que vivimos “llenos de palabras, al borde de la sobredosis”. Por eso, en su libro propone un léxico más preciso y un criterio sencillo: “recuperar la pertinencia de lo que elegimos expresar, teniendo en cuenta el contexto”. Antes de hablar, poner a trabajar la conciencia: “¿Qué quiero decir? ¿A quién?”, y “dar siete vueltas a la lengua antes de hablar”. Cuando sube la emotividad, un gesto concreto: escribir, dejarlo en pausa y enviar solo después, con la mente fría. Y si llega la ofensa, no aceptarla: “Cuando no se aceptan, siguen perteneciendo a quien las lleva en su corazón”. Así, el ayuno de las palabras se convierte en disciplina, libertad y responsabilidad: menos ruido, más verdad, más caridad. Y para quien busca una brújula práctica para navegar en el mar agitado de la web, existe el Manifiesto de la Comunicación No Hostil. Sus diez principios - como “Lo virtual es real” o “Las palabras son un puente”- parecen hacerse eco precisamente de la enseñanza del papa León. Nos recuerdan que detrás de cada pantalla hay una persona y que el odio en línea tiene consecuencias devastadoras en la vida real.