En las últimas semanas, un sacerdote muy conocido en las redes sociales ha abandonado el ministerio. La noticia dura pocas horas. Luego queda solo la pregunta, siempre la misma, formulada de distintas maneras pero con el mismo apetito. Había hambre. Un hambre específica, reconocible, casi ritual: «¿transgredió? ¿Tuvo relaciones? ¡El celibato, ese era el problema! Ya no era capaz de respetarlo». La persona desaparecía. Solo quedaba el cuerpo como lugar del "pecado presunto", o mejor dicho, del cotilleo, el único territorio que el hombre contemporáneo parece todavía capaz de habitar con verdadero interés.

Este comportamiento revela un síntoma cultural que la historia de este sacerdote ha hecho aflorar con claridad abrasadora.

El sexo como fetiche totalizador

El fetichismo, en su acepción antropológica originaria, designa la sustitución de la realidad por un objeto parcial investido de poder absoluto. El fetiche no es la cosa entera: es un fragmento que usurpa el lugar del todo. La cultura contemporánea ha operado con la sexualidad exactamente esta sustitución. No ha liberado el sexo, lo ha idolatrado. El propio don Alberto Ravagnani lo llegó a decir en uno de sus Reels y TikToks. Y la idolatría no es libertad: es otra forma de esclavitud, más sutil porque se viste de emancipación.


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