Ciudad del Vaticano - Esta mañana, León XIV se ha asomado, como es habitual, a la ventana del Palacio Apostólico para el rezo del Ángelus, ofreciendo una reflexión que se inscribe plenamente en el itinerario cuaresmal. En el centro, el relato evangélico de la resurrección de Lázaro, leído como anticipación de la victoria de Cristo sobre la muerte y como clave interpretativa de la Pascua ya cercana.

El Pontífice ha recordado las palabras de Jesús dirigidas a Marta: «Yo soy la resurrección y la vida; quien cree en mí, aunque muera, vivirá». Una afirmación que, ha explicado, concierne a todo creyente y encuentra su fundamento en el Bautismo, a través del cual se recibe la vida nueva. En esta perspectiva, los acontecimientos de la Pasión - desde la entrada en Jerusalén hasta la sepultura - adquieren un significado que trasciende la crónica del sufrimiento y se abre a la plenitud de la salvación.

En su intervención, León XIV ha delineado también una lectura crítica de la condición contemporánea. Ha hablado de un mundo «en continua búsqueda de novedad y cambio», a menudo dispuesto a sacrificar tiempo, relaciones y valores con la convicción de que pueden colmar el deseo humano de plenitud. Una tensión que el Papa ha reconducido a una necesidad más profunda: «una necesidad de infinito que cada uno de nosotros lleva dentro», cuya respuesta no puede encontrarse en lo que está destinado a pasar. En este marco, el relato de Lázaro adquiere una dimensión existencial. El Pontífice ha invitado a reconocer esos «pesados bloques» interiores - egoísmo, materialismo, violencia, superficialidad - que encierran al hombre en una condición de aislamiento y desorientación. Así, la llamada de Jesús - «¡Sal fuera!» - se convierte en invitación a salir de estos encierros para vivir en la luz del amor, regenerados por la gracia.

Tras la oración mariana, la mirada del Papa se ha dirigido a la situación internacional. León XIV ha hablado de «consternación» ante los conflictos en Oriente Medio y en otras regiones del mundo, denunciando el sufrimiento de las víctimas y calificando la guerra como un «escándalo para toda la familia humana». Sus palabras han insistido en la necesidad de no acostumbrarse a la violencia y de mantener viva la oración como petición concreta de cese de las hostilidades y de apertura a caminos de diálogo.

Un pasaje que se sitúa en la línea ya trazada en otras ocasiones del pontificado, donde la dimensión espiritual no se separa de la responsabilidad histórica. La referencia a la dignidad de toda persona y al diálogo como fundamento de la paz ha sido formulada en términos claros, con una atención explícita a las consecuencias humanas de los conflictos.

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