Madrid - Tercer día del viaje apostólico de León XIV a España. Tras concluir la mañana en el Parlamento, donde dirigió su saludo a los representantes políticos, el Santo Padre se trasladó en coche a la sede de la Conferencia Episcopal Española para el encuentro con los obispos del país.
A su llegada, fue recibido por el presidente de la Conferencia Episcopal, S.E.R. Mons. Luis Javier Argüello García; el arzobispo metropolitano de Madrid, el cardenal José Cobo Cano; y el secretario de la Conferencia, S.E.R. Mons. Francisco César García Magán. Después de saludar a algunas autoridades eclesiásticas, el Pontífice se dirigió a la sala de la Asamblea Plenaria, en la primera planta, donde, tras las palabras de bienvenida del presidente, pronunció su discurso.
La peregrinación como clave de lectura
León XIV quiso articular todo el discurso en torno a una única imagen: la de un viaje «en el que el destino es Dios, hacia quien alzamos nuestra mirada». Un viaje sui generis, precisó, «ya que realmente no nos movemos materialmente, pero en el que queremos dejar volar nuestro corazón».
El punto de partida fue el camino sinodal, que el Papa definió sin rodeos: «El camino sinodal emprendido por la Iglesia es un proceso de escucha en profundidad. Ser capaces de reconocer la voz de Dios que habla a través de la comunidad eclesial es uno de sus valores fundamentales». Una referencia concreta fue dirigida a los congresos celebrados por la Iglesia española: el de 2020, Pueblo de Dios en salida, y el de 2025, ¿Para quién soy? Asamblea de llamados para la misión, interpretados como un intento de responder a dos preguntas esenciales: cómo afrontar los retos actuales y quiénes están llamados a acogerlos.
El equipaje, la herencia y el Viático
Desarrollando la metáfora, el Pontífice puso en guardia contra una doble tentación del viajero: la obsesión por «lo que dejamos, los lugares, las cosas, las formas», y los equipajes inútiles que acaban convirtiéndose en un lastre. De ahí la invitación a conjugar «prudentemente la libertad y la valentía» para dejar atrás estructuras que no ayudan, conservando, sin embargo, como un tesoro «el inmenso patrimonio cristiano» de España: una riqueza, dijo, que «llega hasta el no creyente» y «permanece presente incluso en los momentos en que su fe vacila».
Entre los tesoros que no se pueden dejar en la mochila, León XIV señaló «el Viático del peregrino»: «El Pan de la Palabra y de la Eucaristía nos son aún más necesarios que el alimento material, porque nos abren el camino de la salvación». No se trata, observó, de hacer la celebración «más o menos atractiva», sino de sentir su ausencia como una auténtica hambre.
Comunicar: los modelos de Talavera y Mogrovejo
Buena parte del discurso insistió en la dificultad de comunicarse con el otro: por la lengua, la cultura, la desconfianza ante lo desconocido. Evocando las «inmensas planicies castellanas» del Camino de Santiago, vacías a los ojos del peregrino, el Papa las leyó como metáfora de «muchas situaciones sociales» perceptibles en algunas realidades eclesiales españolas.
De ahí la referencia histórica: así como España supo en el pasado reconstruir su presencia en tierras devastadas, generando «modelos de evangelización que después se exportaron a América», hoy es necesario construir «una nueva realidad, a través del diálogo respetuoso y el uso de nuevos lenguajes». El Pontífice citó expresamente a fray Hernando de Talavera, el «santo alfaquí de Granada», y a san Toribio de Mogrovejo - de quien se celebra el tercer centenario de la canonización -, presentado como modelo de obispo «en salida». El «espíritu», subrayó, debe permanecer también «en esta era digital», donde los lenguajes y las culturas han cambiado.
Unidad en la pluralidad frente a la polarización
El pasaje quizá más directamente vinculado al presente eclesial se refiere a la unidad. Retomando el himno de vísperas La noche es tiempo de salvación, León XIV recordó que «es el Señor quien nos conduce, Él es el dueño de la historia». Y pidió a la Iglesia, «en este tiempo de polarizaciones y contraposiciones cada vez más duras», «un testimonio de unidad en la pluralidad: una comunión capaz de acoger la riqueza de los dones, de los carismas, de las sensibilidades que el Espíritu Santo suscita en el Pueblo de Dios». La imagen de Cristo, añadió, «se deja reconocer en el mosaico vivo de la Iglesia, donde muchas teselas, sin confundirse, convergen para manifestar la belleza del único Señor».
En este horizonte, el ministerio episcopal asume «una responsabilidad peculiar»: ser «principio visible de comunión», custodiando la unidad, favoreciendo el diálogo y sanando las fracturas.

Vocaciones: «¿Para quién soy?»
Central fue el tema vocacional, vinculado a la pregunta - «¿Para quién soy?» - que da título al congreso de 2025. El corazón humano, dijo el Papa, «no se colma acumulando experiencias, posibilidades o seguridades provisorias; se colma cuando descubre una llamada». Por eso «la pastoral vocacional no puede reducirse a una simple búsqueda de números».
Citando a su predecesor, León XIV pronunció una frase destinada a interpelarnos sobre la reorganización de los seminarios: «La conservación de estructuras no puede prevalecer sobre el bien de la vocación». Y añadió: «Los seminaristas tienen derecho a la mejor formación posible y la Iglesia, por su parte, tiene derecho a sacerdotes bien formados». Entre los criterios indicados: una adecuada vida comunitaria, formadores dedicados y con experiencia en el acompañamiento espiritual, y Centros Superiores de Teología dotados de los medios necesarios. El camino, insistió, es «aunar fuerzas» y «aprender a trabajar juntos». También hubo espacio para la vocación de los laicos, especialmente allí donde asumen la gestión de obras tradicionalmente confiadas a los religiosos: una dificultad, según el Papa, que debe transformarse en «oportunidad de encuentro, de diálogo y de comunicación».
Los abusos: «escucha, verdad, justicia, reparación»
Entre los encuentros del camino, León XIV reservó palabras explícitas para quienes han sido heridos «precisamente por quienes debían cuidarlos, incluso por miembros del clero». Ante «esta plaga», afirmó, la comunidad eclesial está llamada a responder «con la escucha, la verdad, la justicia, la reparación y un compromiso cada vez más decidido en la prevención y la cultura del cuidado». Cada persona herida, añadió, debe poder encontrar «escucha sincera, acogida, protección y caminos reales de sanación».
El mundo secularizado y la conclusión mariana
Respecto al mundo secularizado, el Pontífice invitó a no leer el rechazo de Dios como un dato definitivo: muchos, dijo, «llevan en el corazón una sed profunda de sentido, de verdad, de pertenencia y de esperanza, incluso cuando no saben darle un nombre». La tarea de la Iglesia es reconocer y escuchar estos deseos, ofreciendo «lo que le es propio: el amor de Dios revelado en Cristo».
En la parte final, la referencia a España como «Tierra de María» - expresión de san Juan Pablo II - y a san Juan de Ávila, patrono del clero español, en el año del quinto centenario de su ordenación presbiteral, con un pensamiento dirigido a los «simples sacerdotes», los compañeros más cercanos de los obispos. El discurso se cerró con una oración del santo doctor: «Si me mandáis, Señor, hacer lo que vos hicisteis, dadme vuestro corazón».
Un discurso denso en motivos de reflexión, destinados no sólo a los obispos y a la Iglesia española, sino a la Iglesia universal: un texto sobre el que volveremos pronto.
Al término, el Papa firmó el Libro de Honor; siguieron el intercambio de regalos y la bendición, después el saludo personal a los obispos en el despacho de la presidencia, el descubrimiento de la placa conmemorativa en la planta baja y una fotografía con el personal laico en la Sala de Prensa. El Pontífice se trasladó después a la Nunciatura Apostólica, donde almorzó con los obispos.
d.M.C.
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